Segunda-feira, Março 05, 2007
Quarta-feira, Janeiro 24, 2007
Sobre o Tálamo Nupcial por São Francisco de Sales
:
Mantém-se a versão em espanhol por se considerar que a terminologia aplicada na tradução é de tal forma preciosista que supera, em larga medida, o original.

El tálamo nupcial, como dice el Apóstol, ha de ser inmaculado, es decir, ha de estar libre de impureza y de otras fealdades profanas. De esta manera fue instituido, al principio, el matrimonio en el paraíso terrenal, donde jamás, en todo aquel tiempo, hubo el menor desorden de la concupiscencia ni cosa alguna deshonesta.
Existe cierta semejanza entre los placeres vergonzosos y los del comer, pues todos ellos pertenecen a la carne, aunque los primeros, por razón de su brutal vehemencia, se llaman simplemente carnales. Explicaré, pues, lo que no puedo decir de unos, por lo que diré de los otros.
1. El comer está ordenado a la conservación de la vida. Ahora bien, así como comer simplemente para nutrirse y conservar la persona es una cosa buena, santa y mandada, así también, en el matrimonio, lo que es necesario para la generación de los hijos y la multiplicación de las personas, es una cosa buena y muy santa, porque es el fin principal de las nupcias.
2. Comer, no para conservar la vida, sino para mantener la mutua relación y condescendencia que nos debemos los unos a los otros, es una cosa muy justa y honesta. Igualmente, la recíproca y legítima satisfacción de los esposos, en el santo matrimonio, es llamada por San Pablo débito; mas débito tan grave, que no quiere que ninguna de las partes se exima de él sin el libre y voluntario consentimiento de la otra, ni siquiera por motivos de prácticas devotas, lo cual me ha obligado a hablar en la forma que lo he hecho, sobre este punto, en el capítulo de la Sagrada Comunión. Mucho menos pues, es lícito eximirse de este deber, por caprichosas pretensiones de virtud o por disgusto o desdén.
3. Así como los que comen por el deber de mutua condescendencia, han de comer con libertad y no como forzados a ello, y, además, han de procurar dar a entender aue comen con apetito, de la misma manera el débito nupcial se ha de satisfacer fiel y francamente, como si se tuviese la esperanza de tener hijos, aunque, por alguna causa, esta esperanza hubiese desaparecido.
4. Comer, no por los dos primeros motivos, sino, simplemente, para complacer el apetito es cosa tolerable, pero no laudable, ya que el simple placer del apetito sensitivo no puede ser un fin suficiente para hacer que sea laudable un acto; basta con que sea tolerable.
5. Comer, no por simple apetito, sino por exceso y desorden, es cosa más o menos vituperable, según que el exceso sea grande o pequeño.
6. Ahora bien, el exceso en el comer no sólo consiste en la cantidad, sino también en la forma y manera cómo se come. Es notable, amada Filotea, que la miel, tan apropiada y tan saludable para las abejas, pueda de todas maneras, perjudicarlas tanto, que llegue a ponerlas enfermas, como ocurre cuando comen demasiado, sobre todo en primavera, porque les produce como cierta disentería, y, a veces, las mata inevitablemente, como cuando quedan cubiertas de miel por delante de su cabeza y en sus aletas.
A la verdad, el comercio nupcial, que es tan santo, tan justo, tan recomendable, tan útil a la sociedad, puede empero en algunos casos ser dañoso a los que lo practican; pues, a veces, pone enfermas de pecado venial a las almas, como ocurre con simples excesos, y, en algunas ocasiones, las mata con el pecado mortal, como ocurre cuando es violado y pervertido el orden establecido para la generación de los hijos; y, en este caso, según que alguno se aparte más o menos de este orden, son los pecados más o menos execrables, pero siempre mortales. Porque como quiera que la procreación de los hijos es el fin primario y principal del matrimonio, jamás es lícito apartarse del orden que exige, aunque, por algún motivo, tal procreación no pueda entonces seguirse, como acontece cuando la esterilidad o el embarazo impiden la generación, pues, en estas circunstancias, el comercio corporal no deja de poder ser justo y santo, con tal que sean cumplidas las leyes de la generación, puesto que nunca está permitido que cosa alguna accidental contravenga la ley impuesta por el fin principal del matrimonio. Es cierto que la infame y execrable acción que Onán cometió, en su matrimonio, fue detestable delante de Dios, como lo dice el Sagrado Texto, en el capítulo treinta y ocho del Génesis. Y aunque algunos herejes de nuestros tiempos, cien veces más condenables que los Cínicos, de que nos habla San Jerónimo en la epístola a los Efesios, han pretendido que fue la perversa intención de este malvado la que desagradó a Dios, es manifiesto que no habla así la Escritura, sino que concretamente asegura que fue la misma cosa cometida la que pareció detestable y abominable a los ojos de Dios.
7. Es una señal indudable de un espíritu perverso, vil, abyecto e innoble, pensar en los manjares y en la comida antes de la hora, y todavía más deleitarse, después de comer, con el placer que se ha sentido durante la comida, entreteniéndose en ello con palabras y pensamientos, y revolcando el espíritu en el recuerdo del placer experimentado al tragar los manjares, como lo hacen aquellos que, antes de comer, tienen el ánimo en el asador y, después de comer, en los platos; personas dignas de ser galopines de cocina, que, como dice San Pablo, hacen de su vientre un Dios. Las personas honorables sólo piensan en la mesa cuando se sientan a ella, y, una vez han comido, se lavan las manos y la boca para no sentir más ni el sabor ni el olor de lo que han comido. El elefante no es sino una bestia enorme, pero es la más digna de cuantas viven en la tierra y la que tiene más juicio. Quiero referir un rasgo de su honestidad: nunca cambia de compañera, y ama tiernamente a la que ha escogido, con la cual, empero, no se junta más que de tres en tres años, por espacio de cinco días, y con tanto secreto que jamás nadie le ha visto en este acto; pero harto se conoce el sexto día, cuando, antes de hacer cualquier otra cosa, se va derechamente al río, donde lava todo su cuerpo, y no quiere volver a su grupo antes de haberse purificado. ¿No son estas cosas hermosos y honestos instintos de este animal, con los cuales invita a los casados a no permanecer encenagados en la sensualidad y en los placeres experimentados por razón de su estado, sino a lavar el corazón y el afecto, una vez pasados; y a purificarse lo antes posible, para practicar después otros actos más puros y elevados, con toda la libertad del espíritu?
En esta advertencia consiste la práctica perfecta de la excelente doctrina que San Pablo da a los corintios: «El tiempo es breve; por lo tanto los que tienen esposa vivan como si no la tuviesen». Ya que, según San Gregorio, tiene esposa como si no la, tuviese, aquel que, de tal manera recibe los deleites corporales, que no impide con ellos las aspiraciones espirituales: ahora bien, lo que se dice del marido se entiende recíprocamente de la esposa. «Los que usan del mundo -dice el mismo Apóstol- sean como si no usasen de él». Que todos, pues, usen del mundo, cada uno según su vocación, pero de manera que, no esclavizando sus afectos, queden libres y estén prontos para el servicio de Dios, como si no usasen de él. «Este es el gran mal del hombre -dice San Agustín-, querer gozar de las cosas de las cuales solamente ha de usar, y querer usar de aquellas de las cuales solamente ha de gozar». Nosotros hemos de gozar de las cosas espirituales y solamente usar de las corporales, de las cuales, cuando el uso se convierte en gozo, nuestra alma racional se convierte también en alma brutal y bestial.
Creo que he dicho todo lo que era menester decir, y que he dado a entender, sin decirlo, lo que no quería decir.
Introdução à Vida Devota
(Obra completa)
Terça-feira, Dezembro 19, 2006
Vitorino Nemésio
Em sua homenagem, transcrevemos um excerto da sua obra-prima, o romance Mau Tempo no Canal.

UM PASSEIO A CAVALO
Ao entardecer os campos enchiam-se de neblina, o Pico ficava baço e monumental nas águas. Dos lados da estrada da Caldeira sentiu-se uma tropeada, depois pó e um cavaleiro no encalço de uma senhora a galope:
― Slowly! Let go him alone ...
Os cavalos meteram a trote e puseram-se a par. O de Roberto Clark vinha suado, com um pouco de espuma na barriga e sinal de sangue num ilhal. O de Margarida, enxuto, meteu a passo.
― Ah, não posso mais ... O tio desafiou-me e deixou-se ficar para trás! Assim não vale ...
― Largaste-te logo ... Eu bem te disse: prender e folgar ... prender e folgar ... E depois, deixaste-o fazer a curva a galope com a mão do outro lado. That’s dangerous! ...
Roberto Clark exprimia-se correntemente em português; só tinha um nada de entonação ingénua, cheia de ohs, que tanto divertia a sobrinha; às vezes hesitava um pouco, à procura de certas palavras, fazendo estalar os dedos como quem deixa fugir precisamente a que convinha. Era um rapaz alto, espadaúdo. Vestia um casaco de sport e calção encordoado, à Chantilly, um boné escocês enterrado até às sobrancelhas ruivas, debaixo das quais espreitavam dois olhinhos sem cor precisa, como que metidos n’água.
― Que bom, galopar! E depois, este não é como a Jóia, que apanhou aquele passo escangalhado da charrette ...
― Quê? A égua de teu pai, o peru? ... Half-bred ... Já lhe disse que tem de vendê-la.
― Ah! Se o tio conseguisse! ...
― Com o dobro do dinheiro da Jóia arranja-se um bom cavalo. Eu ponho o resto. É o meu presente de anos.
Margarida sorriu; mas mostrou-se reservada, lassou um pouco as rédeas do bridão e compôs o cabelo. Não sabia o que era fazer anos desde a última vez que os passara na Pedra da Burra, nas Vinhas, quando o avô ainda se mexia e teimava em meter-se ao Canal. Em Fevereiro havia muitos dias de mar bravo, as lanchas afocinhavam nas grandes covas de água cavadas pelo vento da Guia. Para tirar o avô das escadinhas eram duas pessoas: o Manuel Bana dentro da lancha a agarrá-lo por um braço, o cobrador nos degraus do cais, de mão estendida, e sempre aquele perigo de escorregar nos limos. Mas teimava; metia-se no vão da janela do pomar quase entalado pela mesa, estendia o baralho das paciências na coberta de tapete com a garrafa de whisky ao lado, a caixa dos charutos e dos sisos do whist aberta. Ficava ali tardes ... a ouvir a tesoura de Manuel Bana, que podava defronte.
Nesse ano quisera nas Vinhas todas as famílias amigas ― lanchas atrás de lanchas, o portão do pátio aberto para a charrette e com argolas para os burros. Tinham jantado na falsa por cima do barracão das canoas, por arrumar mais gente. A última vez que enfeitaram o bolo com rosas de que ela gostasse, as primeiras rosas de trepar do quintal do tio Mateus Dulmo. E camélias fechadas do Pico, como uns copinhos ... Vinte velas a arder diante do seu talher!
― Estás velha, hem? ...
― Velha, não; mas enfim ... o tempo não passa só para quem viajou muito como o tio. Quem me dera! ...
― Viajar ou envelhecer?
― Talvez as duas coisas ...
Sentiu sede de se abrir toda ao tio, explicar aqueles dois pontos que ele isolara tão bem a rasto da recordação do seu dia de anos no Pico; mas não achou palavras sensatas, ou pelo menos capazes de serem ditas ali de selim a selim, nos campos tão bonitos. As culturas começavam a cobrir-se das primeiras flores singelas; os olhinhos das árvores abotoavam discretamente. O verde-negro dos pastos, o verde dos Açores, quente e húmido, emborralhava-se até longe. Os cavalos seguiam de cabeça comprida, fazendo vibrar de vez em quando as ventas.
... Envelhecer não seria; mas era deixar passar um grande espaço de tempo, como um troço de filme em branco, fechar os olhos ao peso daquela doçura da volta, tapar os ouvidos como quem teve um mau dia e chora ao meter-se na cama, moída, gasta ... Na manhã seguinte acordar, mas passados uns anos, longe do Faial, ou noutro Faial só com o caminho à roda, o Pico em frente ... gaivotas ... sem ninguém.
O tio tinha dito: «viajar ou envelhecer?» Margarida gastara a resposta naquele silêncio e os olhos nas orelhas do cavalo.
Vitorino Nemésio, Mau Tempo no Canal, Lisboa, IN-CM,1999
(excerto do cap. IX)
Segunda-feira, Dezembro 04, 2006
No nascimento de Rainer Maria Rilke

Rilke visto por Boris Pasternak
O "Eu" e o "Mundo"
(Carta de 17 de Fevereiro de 1903)
Meu caro senhor:
Acabo de receber a sua carta. Não quero deixar de lhe agradecer a grande e preciosa confiança que esta representa, mas pouco mais posso fazer. Não analisarei a maneira dos seus versos, porque sempre fui alheio a qualquer preocupação crítica. Para penetrar uma obra de arte, nada, aliás, pior do que as palavras da crítica, que apenas conduzem a mal entendidos mais ou menos felizes. Nem tudo se pode apreender ou dizer, como nos querem fazer acreditar. Quase tudo o que acontece é inexprimível e se passa numa região que a palavra jamais atingiu. E nada mais difícil de exprimir do que as obras de arte - seres vivos e secretos cuja vida imortal acompanha a nossa vida efémera.
Dito isto, apenas posso acrescentar que os seus versos não revelam uma maneira sua. Contêm, é certo, gérmens de personalidade, mas ainda tímidos e escondidos. Senti-o, sobretudo, no seu último poema: A Minha Alma. Neste poema, qualquer coisa de pessoal procura encontrar solução e forma. E em toda a bela poesia A Leopardi se sente uma espécie de parentesco com este príncipe, este solitário. Contudo, os seus poemas não têm existência própria, independência, nem mesmo o último, nem mesmo o que é dedicado a Leopardi. Na sua carta encontrei a explicação de certas insuficiências que já notara ao lê-lo, mas a que não me fora possível dar nome. Pergunta-me se os seus versos são bons. Pergunta-mo a mim - depois de o ter perguntado a vários. Manda-os para as revistas. Compara-os a outros poemas e alarma-se quando certas redacções afastam os seus ensaios poéticos. Doravante (visto que me permite aconselhá-lo), peço-lhe que renuncie a tudo isso. O seu olhar está voltado para fora: eis o que não deve tornar a acontecer. Ninguém pode aconselhá-lo nem ajudá-lo - ninguém! Há só um caminho: entre em si próprio e procure a necessidade que o faz escrever. Veja se esta necessidade tem raízes no mais profundo do seu coração. Confesse-se a fundo: "Morreria se não me fosse permitido escrever?" Isto, sobretudo: na hora mais silenciosa da noite, faça a si mesmo esta pergunta: - "Sou realmente obrigado a escrever?" - examine-se a fundo até encontrar a mais profunda resposta. Se esta resposta for afirmativa, se puder fazer face a uma tão grave interrogação com um forte e simples "Devo", então construa a sua vida segundo esta necessidade. A sua vida, mesmo na sua hora mais indiferente, mais vazia, deve tornar-se sinal e testemunho de tal impulso. Então, aproxime-se da natureza. Experimente dizer, como se fosse o primeiro homem, o que vê, o que vive, o que ama, o que perde. Não escreva poemas de amor. Evite, de princípio, os temas demasiado correntes; são os mais difíceis. Nos assuntos em que tradições seguras, por vezes brilhantes, se apresentam em grande número, o poeta só pode fazer obra pessoal na plena maturação da sua força. Fuja dos grandes assuntos e aproveite os que o dia-a-dia lhe oferece. Diga as suas tristezas e os seus desejos, os pensamentos que o afloram, a sua fé na beleza. Diga tudo isto com uma sinceridade íntima, calma e humilde. Utilize, para se exprimir, as coisas que o rodeiam, as imagens dos seus sonhos, os objectos das suas recordações. Se o quotidiano lhe parecer pobre, não o acuse: acuse-se a si próprio de não ser bastante poeta para conseguir apropriar-se das suas riquezas. Para o criador nada é pobre, não há sítios pobres, indiferentes. Mesmo numa prisão cujas paredes abafassem todos os ruídos do mundo, não lhe restaria sempre a sua infância, essa preciosa, essa magnífica riqueza, esse tesouro de recordações? Oriente neste sentido o seu espírito. Tente fazer voltar à superfície as impressões submersas desse vasto passado. A sua personalidade fortificar-se-á, a sua solidão povoar-se-á, tornando-se, nas horas incertas do dia, uma espécie de habitação fechada aos ruídos exteriores. E se lhe vierem versos deste regresso a si próprio, deste mergulho no seu mundo, não pensará em perguntar se são bons ou não, não procurará conseguir que revistas e jornais se interessem pelos seus trabalhos, porque gozará deles como de uma posse natural, como de um dos seus modos de vida e de expressão. Uma obra de arte é boa quando nasce de uma necessidade: é a natureza da sua origem que a julga. Por isso, meu caro senhor, apenas me é possível dar-lhe este conselho: mergulhe em si próprio e sonde as profundidades onde a sua vida brota. Só lá encontrará a resposta à pergunta: - "Devo criar?". Desta resposta recolha o som sem forçar o sentido. Talvez chegue então à conclusão de que a arte o chama. Nesse caso, aceite o seu destino e tome-o, com o seu peso e a sua grandeza, sem jamais exigir uma recompensa que possa vir do exterior. O criador deve ser todo um universo para si próprio, tudo encontrar em si próprio e nessa parcela da natureza com que se identificou. Pode acontecer que, depois desta descida em si mesmo, ao "solitário" de si mesmo, tenha de renunciar a ser poeta. (Basta, a meu ver, sentir que se pode viver sem escrever para que não seja permitido escrever). Mas, mesmo neste caso, a introspecção que lhe peço não terá sido vã. A sua vida dever-lhe-á sempre, quanto mais não seja, caminhos próprios. Que esses caminhos sejam bons, felizes e longos é o que lhe desejo como não sei dizer-lhe.
Que poderei acrescentar? Creio ter abordado o essencial. No fundo, apenas fiz questão de aconselhá-lo a evoluir segundo a sua lei, gravemente, seguramente. Não lhe seria possível perturbar mais violentamente a sua evolução do que dirigindo o seu olhar para fora, do que esperando de fora as respostas que só o seu sentimento mais íntimo, na hora mais silenciosa, poderá talvez dar-lhe.
Gostei de encontrar na sua carta o nome do professor Horacek. Dediquei a este sábio um grande respeito e um reconhecimento que já duram há anos. Quer dizer-lhe isto da minha parte? É uma grande bondade dele, que muito aprecio, lembrar-se ainda de mim.
Devolvo-lhe os versos que tão amavelmente me confiou e mais uma vez lhe agradeço a cordialidade e a amplitude da sua confiança.
Nesta resposta sincera, escrita o melhor que soube, procurei ser um pouco mais digno dessa confiança do que o é, na realidade, este homem que não conhece. A minha dedicação e a minha simpatia.
Rainer Maria Rilke
Paris, 17 de Fevereiro de 1903
Rilke, Rainer Maria, Cartas a um Jovem Poeta, trad. de Fernanda de Castro, Contexto Editora, Lisboa, 1994.
Quarta-feira, Novembro 15, 2006
Um buraco no sonho

O Sonho - Pablo Picasso - 1938
Steve Wynn tinha acabado de vender o quadro ao colecionador de arte Steven Cohen por US$ 139 milhões, o preço mais alto pago na história por uma obra.
O magnata de Las Vegas Steve Wynn terá de desistir da venda do quadro de Picasso O Sonho, pois rasgou a tela com uma cotovelada quando a exibia para alguns amigos, informou nesta quarta-feira a imprensa norte-americana.
Wynn acabara de vendê-lo ao colecionador de arte Steven Cohen por US$ 139 milhões, o preço mais alto pago na história por uma obra de arte. Quando já tinha fechado o negócio, quis mostrar o quadro a uns amigos antes de entregá-lo a seu novo dono.
Em um dado momento o multimilionário levantou o braço para mostrar-lhes um detalhe e, ao descê-lo, deu uma cotovelada na tela que fez um buraco do tamanho de uma moeda, segundo o relato de Nora Ephron, testemunha do fato. "Seu cotovelo bateu contra o quadro", que ficou com "um buraco negro do tamanho de uma moeda de um dólar", assegurou Ephron.
Aparentemente, Wynn sofre de uma doença ocular que afeta a visão periférica. Sua reação foi tranqüila porque, segundo a testemunha, se limitou a dizer: "olha só o que fiz. Graças a Deus que fui eu".
O escritório do magnata, proprietário de vários cassinos famosos de Las Vegas, confirmou a história de Ephron.
Wynn tinha comprado O Sonho (1932), no qual Picasso retratou sua então amante Marie-Thérèse Walter, por US$ 48,4 milhões em 1997.
Fonte
Terça-feira, Outubro 31, 2006
Os Surrealistas em Portugal
com a presença dos autores
na
Perve Galeria
Alfama
Lisboa
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EXPOSIÇÃO
Cesariny Cruzeiro Seixas Fernando José Francisco
e o passeio do cadáver esquisito
55 anos depois da última exposição, três dos fundadores de "Os Surrealistas" reencontram-se numa exposição irrepetível e imperdível, na Perve Galeria
Patente até 20 de Dezembro de 2006
Segunda a Sábado das 14h às 20h
Imagens de 2 obras de cada um dos autores e de 2 outras realizadas no processo surrealista denominado "Cadavre Exqui" da autoria dos três autores:

Cesariny
Eu sou a terceira meia noite dos dias que começam António M. Lisboa
Técnica mista sobre cartão
46x31 cm
n.d.

Cesariny
Monumento à Marinha
Escultura-objecto
25x15x15 cm
2001

Cruzeiro Seixas
O Harém
Técnica mista sobre papel
15,5x17cm
n.d

Cruzeiro Seixas
Sem Título
Têmpera e tinta da china sobre papel
23,5x37,5 cm
n.d.

Fernando José Francisco
Sem Titulo
Óleo sobre tela
73x60 cm
n.d.

Fernando José Francisco
Praça Maior
Óleo sobre tela
50x50 cm
n.d.

Cadavre-exquis iniciado por Fernando José Francisco, continuado por Cesariny e terminado por Cruzeiro Seixas
Tempera, tinta da china e caneta s/ papel
25,5x36 cm
2006

Cadavre-exquis iniciado por Cesariny, continuado por Cruzeiro Seixas e terminado por Fernando José Francisco
Tempera, carvão e caneta s/ papel
31,5x41 cm
2006
EXIGIMOS DIVULGAÇÃO EM NOME DA ARTE (e pedimos desculpa pela, só aparente, arrogância)
Estimado (a) Senhor(a),
A Perve Galeria vem por este meio, solicitar a divulgação da Exposição “Cesariny, Cruzeiro Seixas, Fernando José Francisco - e o passeio do cadáver esquisito”, onde estão expostas cerca de 90 obras originais, realizadas em diferentes períodos da actividade artística destes três autores, entre 1941 e 2006, ano em que os três fundadores de "Os Surrealistas" realizaram um conjunto inédito de 12 Cadavres Exquis, utilizando o processo criativo inventado e desenvolvido pelo Grupo Surrealista de Paris, liderado por André Breton, no início do Séc XX.
A exposição proporciona também um momento histórico de invulgar relevância pois marca o reencontro destes três artistas, hoje octogenários, após 55 anos de afastamento. Algo que, de per si, serve de exemplo magnífico de vitalidade criativa e sentido artístico. Para todos. E vem provar que a "Revolução Surrealista", proposta por André Breton no 1º Manifesto Surrealista (1924), continua sendo a pedra de toque dos artistas que, em Portugal, abraçaram o Surrealismo na década de 40 do Séc. XX. Mais, que apesar dos que tentam silenciar esta funda necessidade de expressão da autêntica, genuína, imanência individual, subconsciente em estado puro num processo de automatismo psíquico (e emocional), esta proposta de revolução permanece actual, por libertadora e pacífica mas, sobretudo, por se enquadrar no campo das legítimas aspirações do indivíduo, especialmente quando confrontado com a ditadura da pseudo-vontade das massas.
Referimos, a propósito, que estes artistas, bem como os restantes membros de “Os Surrealistas” se separaram após a 2ª exposição do grupo, em 1950 e que, até à presente data, jamais realizaram trabalhos colectivos (cadavres exquis ou exposições) pelo que a exposição poderá ser de grande relevância pública, tanto mais que será lançado também um livro de pintura e poesia, editado integralmente em serigrafia (edição limitada de 300 exemplares assinados e numerados), da autoria de Mário Cesariny, intitulado “Timothy McVeigh – O condenado à morte” que, antes de tudo o mais, é, nas palavras do autor: "um manifesto contra a pena de morte".
Dos três autores que agora expõem, Fernando José Francisco será o menos divulgado junto do grande público (muito pelo facto de se ter afastado, voluntariamente, dos circuitos artísticos sem que, com isso, deixasse de pintar), contudo é considerado por Mário Cesariny e Cruzeiro Seixas, desde há muito tempo, como o mais talentoso e promissor artista do grupo de autores que se juntaram em “Os Surrealistas”.
Pretendemos, com esta mostra, dar visibilidade a autores que são fundamentais na criação contemporânea em Portugal e que, com o seu labor iniciado ainda na primeira metade do séc. XX, contribuíram de forma ímpar para abrir caminho a novas expressões e linguagens, factos mais do que reconhecidos por todos aqueles que, dentro e fora do meio artístico e ao longo dos anos, têm demonstrado o seu apreço por esse valioso trabalho em prol da liberdade criativa mas também da liberdade de expressão. Disso mesmo será paradigma a colaboração de três dos mais respeitados críticos de arte com textos que integram o catálogo da exposição e que enviamos em anexo (a saber, João Lima Pinharanda, Eurico Gonçalves e Perfecto E. Quadrado).
Por tudo isto e porque nos parece de inteira justiça prestar homenagem a estes artistas, em vida, sobretudo numa altura em que, apesar de todos terem passado a barreira dos oitenta anos de idade e de as condições físicas não serem as melhores, se juntaram, após décadas de afastamento, para realizarem na Perve Galeria uma tão importante exposição. Julgamos serem estes motivos mais do que suficientes, para solicitar (e contar) com Vosso imprescindível apoio na divulgação desta mostra, o que muito agradecemos desde já.
Carlos Cabral Nunes Direcção Artística Outubro de 2006
Sábado, Outubro 28, 2006
No dia da morte de Alphonse Allais

Conto de Natal
Começa a fazer-se tarde. A festa está no melhor. Toda a gentinha está excitada, barulhenta e apaixonada. As moças, esgargaladas, entregavam-se todas. Os olhos começam a cerra-se-lhes e os lábios entreabertos deixam ver húmidos tesouros de púrpura e nácar. Os copos tão depressa se enchem como se esvaziam. Voam as canções, ritmadas pelo tilintar dos copos e as gargalhadas das lindas raparigas.
Mas eis que o velho relógio de sala de jantar interrompe o seu tiquetaque monótono e resmungão para furiosamente se pôr a gemer naquele tom que assume sempre que quer dar horas.
É meia-noite! Soam as doze badaladas, lentas, graves, solenes, com aquele tom de censura próprio dos velhos relógios patriarcais. Parecem querer dizer-nos que já soaram muitas vezes em intenção dos nossos antepassados defuntos e que hão-de tornar a soar para os nossos netos, depois de nós termos desaparecido.
Sabedores disso, a malta fala em surdina, após toda a noite de algazarra, enquanto as raparigas acabam com a risada.
Alberico, o mais doido do grupo, ergue então a taça e proclama com cómica gravidade:
-Meus senhores, é meia-noite! São horas de negarmos a existência de Deus!
Truz, truz, truz! Batem à porta.
- Quem é? Não se espera ninguém e os criados foram dispensados!
Truz, truz, truz! Abre-se a porta e vê-se aparecer a barba prateada de um velho muito alto, vestido com uma comprida túnica branca.
-Quem é o senhor?
-Sou Deus - respondeu o velho com enorme simplicidade.
Semelhante declaração deixou toda a malta um tanto incomodada; mas Alberico, que era mesmo homem de sangue-frio, replicou:
-Espero que isso não o impeça de beber um copo com a gente.
Na sua infinita bondade, Deus aceitou a oferta do rapaz e toda a gente se sentiu de novo à vontade. Recomeçámos a beber, a rir e a cantar. Já a cerúlea madrugada tornava pálidas as estrelas quando começámos a ir cada um para seu lado.
Antes de se despedir da gente, Deus concordou, com a melhor das boas disposições, em como de facto não existia.
Alphonse Allais, grande mestre do non-sense
Sábado, Outubro 07, 2006
Na morte de Edgar Allan Poe

O gato preto
Edgar Allan Poe
Não espero nem peço que se dê crédito à história sumamente extraordinária e, no entanto, bastante doméstica que vou narrar. Louco seria eu se esperasse tal coisa, tratando-se de um caso que os meus próprios sentidos se negam a aceitar. Não obstante, não estou louco e, com toda a certeza, não sonho. Mas amanhã morro e, por isso, gostaria, hoje, de aliviar o meu espírito. Meu propósito imediato é apresentar ao mundo, clara e sucintamente, mas sem comentários, uma série de simples acontecimentos domésticos. Devido a suas conseqüências, tais acontecimentos me aterrorizaram, torturaram e destruíram.
No entanto, não tentarei esclarecê-los. Em mim, quase não produziram outra coisa senão horror - mas, em muitas pessoas, talvez lhes pareçam menos terríveis que grotesco. Talvez, mais tarde, haja alguma inteligência que reduza o meu fantasma a algo comum - uma inteligência mais serena, mais lógica e muito menos excitável do que, a minha, que perceba, nas circunstâncias a que me refiro com terror, nada mais do que uma sucessão comum de causas e efeitos muito naturais.
Desde a infância, tornaram-se patentes a docilidade e o sentido humano de meu caráter. A ternura de meu coração era tão evidente, que me tomava alvo dos gracejos de meus companheiros. Gostava, especialmente, de animais, e meus pais me permitiam possuir grande variedade deles. Passava com eles quase todo o meu tempo, e jamais me sentia tão feliz como quando lhes dava de comer ou os acariciava. Com os anos, aumentou esta peculiaridade de meu caráter e, quando me tomei adulto, fiz dela uma das minhas principais fontes de prazer. Aos que já sentiram afeto por um cão fiel e sagaz, não preciso dar-me ao trabalho de explicar a natureza ou a intensidade da satisfação que se pode ter com isso. Há algo, no amor desinteressado, e capaz de sacrifícios, de um animal, que toca diretamente o coração daqueles que tiveram ocasiões freqüentes de comprovar a amizade mesquinha e a frágil fidelidade de um simples homem.
Casei cedo, e tive a sorte de encontrar em minha mulher disposição semelhante à minha. Notando o meu amor pelos animais domésticos, não perdia a oportunidade de arranjar as espécies mais agradáveis de bichos. Tínhamos pássaros, peixes dourados, um cão, coelhos, um macaquinho e um gato.
Este último era um animal extraordinariamente grande e belo, todo negro e de espantosa sagacidade. Ao referir-se à sua inteligência, minha mulher, que, no íntimo de seu coração, era um tanto supersticiosa, fazia freqüentes alusões à antiga crença popular de que todos os gatos pretos são feiticeiras disfarçadas. Não que ela se referisse seriamente a isso: menciono o fato apenas porque aconteceu lembrar-me disso neste momento.
Pluto - assim se chamava o gato - era o meu preferido, com o qual eu mais me distraía. Só eu o alimentava, e ele me seguia sempre pela casa. Tinha dificuldade, mesmo, em impedir que me acompanhasse pela rua.
Nossa amizade durou, desse modo, vários anos, durante os quais não só o meu caráter como o meu temperamento - enrubesço ao confessá-lo - sofreram, devido ao demônio da intemperança, uma modificação radical para pior. Tomava-me, dia a dia, mais taciturno, mais irritadiço, mais indiferente aos sentimentos dos outros. Sofria ao empregar linguagem desabrida ao dirigir-me à minha mulher. No fim, cheguei mesmo a tratá-la com violência. Meus animais, certamente, sentiam a mudança operada em meu caráter. Não apenas não lhes dava atenção alguma, como, ainda, os maltratava. Quanto a Pluto, porém, ainda despertava em mim consideração suficiente que me impedia de maltratá-lo, ao passo que não sentia escrúpulo algum em maltratar os coelhos, o macaco e mesmo o cão, quando, por acaso ou afeto, cruzavam em meu caminho. Meu mal, porém, ia tomando conta de mim - que outro mal pode se comparar ao álcool? - e, no fim, até Pluto, que começava agora a envelhecer e, por conseguinte, se tomara um tanto rabugento, até mesmo Pluto começou a sentir os efeitos de meu mau humor.
Certa noite, ao voltar a casa, muito embriagado, de uma de minhas andanças pela cidade, tive a impressão de que o gato evitava a minha presença. Apanhei-o, e ele, assustado ante a minha violência, me feriu a mão, levemente, com os dentes. Uma fúria demoníaca apoderou-se, instantaneamente, de mim. Já não sabia mais o que estava fazendo. Dir-se-ia que, súbito, minha alma abandonara o corpo, e uma perversidade mais do que diabólica, causada pela genebra, fez vibrar todas as fibras de meu ser.Tirei do bolso um canivete, abri-o, agarrei o pobre animal pela garganta e, friamente, arranquei de sua órbita um dos olhos! Enrubesço, estremeço, abraso-me de vergonha, ao referir-me, aqui, a essa abominável atrocidade.
Quando, com a chegada da manhã, voltei à razão - dissipados já os vapores de minha orgia noturna - , experimentei, pelo crime que praticara, um sentimento que era um misto de horror e remorso; mas não passou de um sentimento superficial e equívoco, pois minha alma permaneceu impassível. Mergulhei novamente em excessos, afogando logo no vinho a lembrança do que acontecera.
Entrementes, o gato se restabeleceu, lentamente. A órbita do olho perdido apresentava, é certo, um aspecto horrendo, mas não parecia mais sofrer qualquer dor. Passeava pela casa como de costume, mas, como bem se poderia esperar, fugia, tomado de extremo terror, à minha aproximação. Restava-me ainda o bastante de meu antigo coração para que, a princípio, sofresse com aquela evidente aversão por parte de um animal que, antes, me amara tanto. Mas esse sentimento logo se transformou em irritação. E, então, como para perder-me final e irremissivelmente, surgiu o espírito da perversidade. Desse espírito, a filosofia não toma conhecimento. Não obstante, tão certo como existe minha alma, creio que a perversidade é um dos impulsos primitivos do coração humano - uma das faculdades, ou sentimentos primários, que dirigem o caráter do homem. Quem não se viu, centenas de vezes, a cometer ações vis ou estúpidas, pela única razão de que sabia que não devia cometê-las? Acaso não sentimos uma inclinação constante mesmo quando estamos no melhor do nosso juízo, para violar aquilo que é lei, simplesmente porque a compreendemos como tal? Esse espírito de perversidade, digo eu, foi a causa de minha queda final. O vivo e insondável desejo da alma de atormentar-se a si mesma, de violentar sua própria natureza, de fazer o mal pelo próprio mal, foi o que me levou a continuar e, afinal, a levar a cabo o suplício que infligira ao inofensivo animal. Uma manhã, a sangue frio, meti-lhe um nó corredio em torno do pescoço e enforquei-o no galho de uma árvore. Fi-lo com os olhos cheios de lágrimas, com o coração transbordante do mais amargo remorso. Enforquei-o porque sabia que ele me amara, e porque reconhecia que não me dera motivo algum para que me voltasse contra ele. Enforquei-o porque sabia que estava cometendo um pecado - um pecado mortal que comprometia a minha alma imortal, afastando-a, se é que isso era possível, da misericórdia infinita de um Deus infinitamente misericordioso e infinitamente terrível.
Na noite do dia em que foi cometida essa ação tão cruel, fui despertado pelo grito de "fogo!". As cortinas de minha cama estavam em chamas. Toda a casa ardia. Foi com grande dificuldade que minha mulher, uma criada e eu conseguimos escapar do incêndio. A destruição foi completa. Todos os meus bens terrenos foram tragados pelo fogo, e, desde então, me entreguei ao desespero.
Não pretendo estabelecer relação alguma entre causa e efeito - entre o desastre e a atrocidade por mim cometida. Mas estou descrevendo uma seqüência de fatos, e não desejo omitir nenhum dos elos dessa cadeia de acontecimentos. No dia seguinte ao do incêndio, visitei as ruínas. As paredes, com exceção de uma apenas, tinham desmoronado. Essa única exceção era constituída por um fino tabique interior, situado no meio da casa, junto ao qual se achava a cabeceira de minha cama. O reboco havia, aí, em grande parte, resistido à ação do fogo - coisa que atribuí ao fato de ter sido ele construído recentemente. Densa multidão se reunira em torno dessa parede, e muitas pessoas examinavam, com particular atenção e minuciosidade, uma parte dela, As palavras "estranho!", "singular!", bem como outras expressões semelhantes, despertaram-me a curiosidade. Aproximei-me e vi, como se gravada em baixo-relevo sobre a superfície branca, a figura de um gato gigantesco. A imagem era de uma exatidão verdadeiramente maravilhosa. Havia uma corda em tomo do pescoço do animal.
Logo que vi tal aparição - pois não poderia considerar aquilo como sendo outra coisa - , o assombro e terror que se me apoderaram foram extremos. Mas, finalmente, a reflexão veio em meu auxílio. O gato, lembrei-me, fora enforcado num jardim existente junto à casa. Aos gritos de alarma, o jardim fora imediatamente invadido pela multidão. Alguém deve ter retirado o animal da árvore, lançando-o, através de uma janela aberta, para dentro do meu quarto. Isso foi feito, provavelmente, com a intenção de despertar-me. A queda das outras paredes havia comprimido a vítima de minha crueldade no gesso recentemente colocado sobre a parede que permanecera de pé. A cal do muro, com as chamas e o amoníaco desprendido da carcaça, produzira a imagem tal qual eu agora a via.
Embora isso satisfizesse prontamente minha razão, não conseguia fazer o mesmo, de maneira completa, com minha consciência, pois o surpreendente fato que acabo de descrever não deixou de causar-me, apesar de tudo, profunda impressão. Durante meses, não pude livrar-me do fantasma do gato e, nesse espaço de tempo, nasceu em meu espírito uma espécie de sentimento que parecia remorso, embora não o fosse. Cheguei, mesmo, a lamentar a perda do animal e a procurar, nos sórdidos lugares que então freqüentava, outro bichano da mesma espécie e de aparência semelhante que pudesse substituí-lo.
Uma noite, em que me achava sentado, meio aturdido, num antro mais do que infame, tive a atenção despertada, subitamente, por um objeto negro que jazia no alto de um dos enormes barris, de genebra ou rum, que constituíam quase que o único mobiliário do recinto. Fazia já alguns minutos que olhava fixamente o alto do barril, e o que então me surpreendeu foi não ter visto antes o que havia sobre o mesmo. Aproximei-me e toquei-o com a mão. Era um gato preto, enorme - tão grande quanto Pluto - e que, sob todos os aspectos, salvo um, se assemelhava a ele. Pluto não tinha um único pêlo branco em todo o corpo - e o bichano que ali estava possuía uma mancha larga e branca, embora de forma indefinida, a cobrir-lhe quase toda a região do peito.
Ao acariciar-lhe o dorso, ergueu-se imediatamente, ronronando com força e esfregando-se em minha mão, como se a minha atenção lhe causasse prazer. Era, pois, o animal que eu procurava. Apressei-me em propor ao dono a sua aquisição, mas este não manifestou interesse algum pelo felino. Não o conhecia; jamais o vira antes.
Continuei a acariciá-lo e, quando me dispunha a voltar para casa, o animal demonstrou disposição de acompanhar-me. Permiti que o fizesse - detendo-me, de vez em quando, no caminho, para acariciá-lo. Ao chegar, sentiu-se imediatamente à vontade, como se pertencesse a casa, tomando-se, logo, um dos bichanos preferidos de minha mulher.
De minha parte, passei a sentir logo aversão por ele. Acontecia, pois, justamente o contrário do que eu esperava. Mas a verdade é que - não sei como nem por quê - seu evidente amor por mim me desgostava e aborrecia. Lentamente, tais sentimentos de desgosto e fastio se converteram no mais amargo ódio. Evitava o animal. Uma sensação de vergonha, bem como a lembrança da crueldade que praticara, impediam-me de maltratá-lo fisicamente. Durante algumas semanas, não lhe bati nem pratiquei contra ele qualquer violência; mas, aos poucos - muito gradativamente - , passei a sentir por ele inenarrável horror, fugindo, em silêncio, de sua odiosa presença, como se fugisse de uma peste.
Sem dúvida, o que aumentou o meu horror pelo animal foi a descoberta, na manhã do dia seguinte ao que o levei para casa, que, como Pluto, também havia sido privado de um dos olhos. Tal circunstância, porém, apenas contribuiu para que minha mulher sentisse por ele maior carinho, pois, como já disse, era dotada, em alto grau, dessa ternura de sentimentos que constituíra, em outros tempos, um de meus traços principais, bem como fonte de muitos de meus prazeres mais simples e puros.
No entanto, a preferência que o animal demonstrava pela minha pessoa parecia aumentar em razão direta da aversão que sentia por ele. Seguia-me os passos com uma pertinácia que dificilmente poderia fazer com que o leitor compreendesse. Sempre que me sentava, enrodilhava-se embaixo de minha cadeira, ou me saltava ao colo, cobrindo-me com suas odiosas carícias. Se me levantava para andar, metia-se-me entre as pemas e quase me derrubava, ou então, cravando suas longas e afiadas garras em minha roupa, subia por ela até o meu peito. Nessas ocasiões, embora tivesse ímpetos de matá-lo de um golpe, abstinha-me de fazê-lo devido, em parte, à lembrança de meu crime anterior, mas, sobretudo - apresso-me a confessá-lo - , pelo pavor extremo que o animal me despertava.
Esse pavor não era exatamente um pavor de mal físico e, contudo, não saberia defini-lo de outra maneira. Quase me envergonha confessar - sim, mesmo nesta cela de criminoso - , quase me envergonha confessar que o terror e o pânico que o animal me inspirava eram aumentados por uma das mais puras fantasias que se possa imaginar. Minha mulher, mais de uma vez, me chamara a atenção para o aspecto da mancha branca a que já me referi, e que constituía a única diferença visível entre aquele estranho animal e o outro, que eu enforcara. O leitor, decerto, se lembrará de que aquele sinal, embora grande, tinha, a princípio, uma forma bastante indefinida. Mas, lentamente, de maneira quase imperceptível - que a minha imaginação, durante muito tempo, lutou por rejeitar como fantasiosa -, adquirira, por fim, uma nitidez rigorosa de contornos. Era, agora, a imagem de um objeto cuja menção me faz tremer... E, sobretudo por isso, eu o encarava como a um monstro de horror e repugnância, do qual eu, se tivesse coragem, me teria livrado. Era agora, confesso, a imagem de uma coisa odiosa, abominável: a imagem da forca! Oh, lúgubre e terrível máquina de horror e de crime, de agonia e de morte!
Na verdade, naquele momento eu era um miserável - um ser que ia além da própria miséria da humanidade. Era uma besta-fera, cujo irmão fora por mim desdenhosamente destruído... uma besta-fera que se engendrara em mim, homem feito à imagem do Deus Altíssimo. Oh, grande e insuportável infortúnio! Ai de mim! Nem de dia, nem de noite, conheceria jamais a bênção do descanso! Durante o dia, o animal não me deixava a sós um único momento; e, à noite, despertava de hora em hora, tomado do indescritível terror de sentir o hálito quente da coisa sobre o meu rosto, e o seu enorme peso - encarnação de um pesadelo que não podia afastar de mim - pousado eternamente sobre o meu coração!
Sob a pressão de tais tormentos, sucumbiu o pouco que restava em mim de bom. Pensamentos maus converteram-se em meus únicos companheiros - os mais sombrios e os mais perversos dos pensamentos. Minha rabugice habitual se transformou em ódio por todas as coisas e por toda a humanidade - e enquanto eu, agora, me entregava cegamente a súbitos, freqüentes e irreprimíveis acessos de cólera, minha mulher - pobre dela! - não se queixava nunca convertendo-se na mais paciente e sofredora das vítimas.
Um dia, acompanhou-me, para ajudar-me numa das tarefas domésticas, até o porão do velho edifício em que nossa pobreza nos obrigava a morar, O gato seguiu-nos e, quase fazendo-me rolar escada abaixo, me exasperou a ponto de perder o juízo. Apanhando uma machadinha e esquecendo o terror pueril que até então contivera minha mão, dirigi ao animal um golpe que teria sido mortal, se atingisse o alvo. Mas minha mulher segurou-me o braço, detendo o golpe. Tomado, então, de fúria demoníaca, livrei o braço do obstáculo que o detinha e cravei-lhe a machadinha no cérebro. Minha mulher caiu morta instantaneamente, sem lançar um gemido.
Realizado o terrível assassínio, procurei, movido por súbita resolução, esconder o corpo. Sabia que não poderia retirá-lo da casa, nem de dia nem de noite, sem correr o risco de ser visto pelos vizinhos.
Ocorreram-me vários planos. Pensei, por um instante, em cortar o corpo em pequenos pedaços e destruí-los por meio do fogo. Resolvi, depois, cavar uma fossa no chão da adega. Em seguida, pensei em atirá-lo ao poço do quintal. Mudei de idéia e decidi metê-lo num caixote, como se fosse uma mercadoria, na forma habitual, fazendo com que um carregador o retirasse da casa. Finalmente, tive uma idéia que me pareceu muito mais prática: resolvi emparedá-lo na adega, como faziam os monges da Idade Média com as suas vítimas.
Aquela adega se prestava muito bem para tal propósito. As paredes não haviam sido construídas com muito cuidado e, pouco antes, haviam sido cobertas, em toda a sua extensão, com um reboco que a umidade impedira de endurecer. Ademais, havia uma saliência numa das paredes, produzida por alguma chaminé ou lareira, que fora tapada para que se assemelhasse ao resto da adega. Não duvidei de que poderia facilmente retirar os tijolos naquele lugar, introduzir o corpo e recolocá-los do mesmo modo, sem que nenhum olhar pudesse descobrir nada que despertasse suspeita.
E não me enganei em meus cálculos. Por meio de uma alavanca, desloquei facilmente os tijolos e tendo depositado o corpo, com cuidado, de encontro à parede interior. Segurei-o nessa posição, até poder recolocar, sem grande esforço, os tijolos em seu lugar, tal como estavam anteriormente. Arranjei cimento, cal e areia e, com toda a precaução possível, preparei uma argamassa que não se podia distinguir da anterior, cobrindo com ela, escrupulosamente, a nova parede. Ao terminar, senti-me satisfeito, pois tudo correra bem. A parede não apresentava o menor sinal de ter sido rebocada. Limpei o chão com o maior cuidado e, lançando o olhar em tomo, disse, de mim para comigo: "Pelo menos aqui, o meu trabalho não foi em vão".
O passo seguinte foi procurar o animal que havia sido a causa de tão grande desgraça, pois resolvera, finalmente, matá-lo. Se, naquele momento, tivesse podido encontrá-lo, não haveria dúvida quanto à sua sorte: mas parece que o esperto animal se alarmara ante a violência de minha cólera, e procurava não aparecer diante de mim enquanto me encontrasse naquele estado de espírito. Impossível descrever ou imaginar o profundo e abençoado alívio que me causava a ausência de tão detestável felino. Não apareceu também durante a noite - e, assim, pela primeira vez, desde sua entrada em casa, consegui dormir tranqüila e profundamente. Sim, dormi mesmo com o peso daquele assassínio sobre a minha alma.
Transcorreram o segundo e o terceiro dia - e o meu algoz não apareceu. Pude respirar, novamente, como homem livre. O monstro, aterrorizado fugira para sempre de casa. Não tomaria a vê-lo! Minha felicidade era infinita! A culpa de minha tenebrosa ação pouco me inquietava. Foram feitas algumas investigações, mas respondi prontamente a todas as perguntas. Procedeu-se, também, a uma vistoria em minha casa, mas, naturalmente, nada podia ser descoberto. Eu considerava já como coisa certa a minha felicidade futura.
No quarto dia após o assassinato, uma caravana policial chegou, inesperadamente, a casa, e realizou, de novo, rigorosa investigação. Seguro, no entanto, de que ninguém descobriria jamais o lugar em que eu ocultara o cadáver, não experimentei a menor perturbação. Os policiais pediram-me que os acompanhasse em sua busca. Não deixaram de esquadrinhar um canto sequer da casa. Por fim, pela terceira ou quarta vez, desceram novamente ao porão. Não me alterei o mínimo que fosse. Meu coração batia calmamente, como o de um inocente. Andei por todo o porão, de ponta a ponta. Com os braços cruzados sobre o peito, caminhava, calmamente, de um lado para outro. A polícia estava inteiramente satisfeita e preparava-se para sair. O júbilo que me inundava o coração era forte demais para que pudesse contê-lo. Ardia de desejo de dizer uma palavra, uma única palavra, à guisa de triunfo, e também para tomar duplamente evidente a minha inocência.
- Senhores - disse, por fim, quando os policiais já subiam a escada - , é para mim motivo de grande satisfação haver desfeito qualquer suspeita. Desejo a todos os senhores ótima saúde e um pouco mais de cortesia. Diga-se de passagem, senhores, que esta é uma casa muito bem construída... (Quase não sabia o que dizia, em meu insopitável desejo de falar com naturalidade.) Poderia, mesmo, dizer que é uma casa excelentemente construída. Estas paredes - os senhores já se vão? - , estas paredes são de grande solidez.
Nessa altura, movido por pura e frenética fanfarronada, bati com força, com a bengala que tinha na mão, justamente na parte da parede atrás da qual se achava o corpo da esposa de meu coração.
Que Deus me guarde e livre das garras de Satanás! Mal o eco das batidas mergulhou no silêncio, uma voz me respondeu do fundo da tumba, primeiro com um choro entrecortado e abafado, como os soluços de uma criança; depois, de repente, com um grito prolongado, estridente, contínuo, completamente anormal e inumano. Um uivo, um grito agudo, metade de horror, metade de triunfo, como somente poderia ter surgido do inferno, da garganta dos condenados, em sua agonia, e dos demônios exultantes com a sua condenação.
Quanto aos meus pensamentos, é loucura falar. Sentindo-me desfalecer, cambaleei até à parede oposta. Durante um instante, o grupo de policiais deteve-se na escada, imobilizado pelo terror. Decorrido um momento, doze braços vigorosos atacaram a parede, que caiu por terra. O cadáver, já em adiantado estado de decomposição, e coberto de sangue coagulado, apareceu, ereto, aos olhos dos presentes.
Sobre sua cabeça, com a boca vermelha dilatada e o único olho chamejante, achava-se pousado o animal odioso, cuja astúcia me levou ao assassínio e cuja voz reveladora me entregava ao carrasco.
Eu havia emparedado o monstro dentro da tumba!

Edgar Allan Poe
Biografia
Nasceu em Boston, em 1809, e faleceu em Baltimore, em 1849. Filho de atores, muito cedo viu desaparecer os pais, vitimados pela tuberculose. Edgar e seus irmãos foram recolhidos por pessoas de família, tendo ele sido adotado por um tio rico, com quem conheceu um verdadeiro lar. No entanto, os anos de miséria e a morte dos pais desenvolveram no jovem um espírito mórbido, que a sua natureza enfermiça mais propiciou.
Em 1827 abandona a casa dos pais adotivos, vivendo por uns tempos um período de instabilidade emocional. Matricula-se na Academia Militar de West Point, mas depressa se manifesta avesso à disciplina militar e é expulso. Publica ainda em 1827 o seu primeiro livro de poesia, Tamerlane and other poems, by a Bostonian. Em 1833 ganha um prêmio instituído pelo jornal Philadelphia Saturday Visitor com seu conto Manuscript found in a bottle. O diretor do jornal, vendo a situação de miséria e depressão em que Poe vivia, consegue-lhe um lugar de vice-diretor do Southern Literary Messenger, onde ficará por pouco tempo, pois que, devido à sua permanente morbidez, se tornara num alcoólico inveterado.
Casa com sua prima Virgínia, uma noiva-criança, com 13 anos apenas, junto de quem parece readquirir um pouco de confiança em si. Trabalha em vários jornais de Nova Iorque e Filadélfia. Nesta cidade aparece em 1840 a sua primeira coleção de contos: Tales of grotesque and arabesque. O ano de 1840 foi de grande atividade literária: escreveu Os crimes da Rua Morgue, criando a figura do detetive Dupin, predecessor de Sherlock Holmes, e desempenhou funções de chefe de redação do Graham's Magazine. A doença da mulher, atacada de tuberculose, tem sobre ele nefasta influência, fá-lo voltar ao alcoolismo e leva-o a procurar a companhia duma poetisa menor, Frances Osgood, na tentativa de se furtar talvez ao trágico ambiente familiar. Em 1847 morre sua mulher e Poe mergulha num estado de desespero que o leva a procurar novas mulheres e a passar a maior parte do seu tempo embriagado.
Em outubro de 1849, numa taberna, é encontrado em profundo estado de embriaguez. Levado ao hospital, ali morre três dias depois.
Deixou um espólio literário considerável e a sua figura dramática tem dado origem a inúmeros estudos da gênese da sua obra por meio da psicanálise.
A sua influência na Europa foi flagrante, sobretudo em França, entre simbolistas e decadentes. Além de contos, deixou poesias diversas, das quais a mais conhecida é The Raven.
Personagem patético, cujo valor como criador literário foi justamente celebrado pouco depois da sua morte, viveu apagadamente, como revela uma carta sua de poucas linhas a um editor a quem pedia como única “compensação umas vinte cópias do seu livro para oferecer a amigos”. Por uma daquelas ironias proverbiais da vida de Poe, esta pequena carta valeria três mil dólares um século depois da sua morte.
Os seus contos, recusados durante muito tempo pelos editores por serem demasiado “germânicos” para um público comum, conheceram depois da sua morte um êxito notável. Visto com a perspectiva que o tempo concede à obra literária, sabemos hoje que a criação de Poe tem por base o temor ao dogmatismo da ciência e à influência nefasta do materialismo.
Os seus contos têm sido largamente utilizados pelo cinema, que neles descobriu uma perfeita construção cinemática de incontestável modernidade.
Fonte
Sexta-feira, Setembro 29, 2006
Nasce Cervantes
Assim se explica a acolhida que ela tem ainda hoje, como no tempo de Filipe III, e que continuará a alcançar dos nossos pósteros, quando já não restar na memória do homem um hexâmetro grego de Homero, nem um versículo hebraico do Pentateuco de Moisés. Acrescente-se a isto que o seu herói tem o carácter profundamente objectivo, na sua subjectividade, e ter-se-á explicado as causas que fizeram deste livro um monumento verdadeiramente cosmopolita e humano. Neste género, com tais requisitos, só uma obra conhecemos que rivalize com D. Quixote, e que talvez para os espíritos delicados e subtis, se avantaja ainda: é as Viagens de Gulliver, de Swift.
Nesta obra tudo tem um carácter de mais originalidade e de mais subtileza. Sendo eminentemente humana, isto é, sendo uma sátira dum carácter verdadeiramente universal, tem talvez como vantagem para nós, empregar um humour muito mais ático, — se é possível fazer ático sinónimo de delicado, — em vez do grosso sal de cozinha de que em largas doses se serve Cervantes, como condimento. A sua imaginação é decerto muito mais rica: e em bom senso cáustico não lhe fica também, em nada, inferior. Falta porém ao seu herói aquele entusiasmo simpático do D. Quixote , que tanto nos prende a ele, mau grado todas as suas demências, e todas as suas insânias cavaleirosas e andantes. Falta-lhe também aquele já hoje lendário escudeiro de Sancho Pança, cavalgando no seu lendário sendeiro, através dos montes e dos vales de Espanha, atrás do seu cavaleiro, que vai em demanda de gigantes e do elmo de Mambrino: tipo patusco e bon vivant, folião e pantagruélico, tão dementado como positivo, tão burlesco como escudeiro leal, símbolo de burguês de todas as eras, e do materialismo ventrúdo de todos os tempos. A firmeza de traços com que estão pintadas, à Velásquez, estas duas figuras típicas, no meio dos episódios e dos vários acidentes, sem nunca se desmentirem, nem nunca se desmancharem, é decerto dum relevo cómico, que os não torna inferiores, antes os sobreleva aos personagens do teatro de Lope de Vega, ou de Calderón de la Barca.
O herói de Swift é um aventureiro também: não tem, contudo, o mesmo arranque, a mesma viveza, a mesma chispa peninsular do manchego.
É sempre um saxão: e guarda sempre, como este povo, a sua frieza reflectida, o seu espirito de exame, e de ironia tranquila. Assim como, D. Quixote, produto do ibero, povo brigador e aventuroso, é um cavaleiro de aventuras, da mesma forma. Gulliver, produto do saxão navegador, é um marinheiro audaz, e um viajante intrépido, à busca do incognoscível. O aventureiro saxão não é, contudo, um dementado. Conserva no meio dos seus perigos, e dos riscos estranhos, a ingenuidade um tanto feminil desses louros ou ruivos marinheiros bretões, de pescoço branco e de músculos de aço, que sulcam as ondas de todos os mares, conservando na memória e no coração os traços da sua cabana, nas verdes serranias do Erin, ou da Escócia nevoenta, cheia de lendas e de lagos, de onde se evapora a neblina.Mas essa ingenuidade não é destituída de malícia, nem da mordacidade humorística, tão particular ao saxão.
Ambos eles, no entanto, têm o supremo mérito filosófico e ético de, representando cada um, em particular, o tipo especial da sua raça, simbolizarem, em geral, os afectos e as paixões comuns de toda a humanidade.
Como Fausto, como D. João, como Hamlet, como o Misantropo, são eternos, e mais perduráveis que a grande pirâmide do Faraó Ramsés no deserto de Menfis, no Egipto, porque são universais, são humanos.
Não é nosso intento, alongarmo-nos, agora, na análise crítica da obra capital de Cervantes. Convidados, amavelmente, por um nosso amigo dos bancos colegiais, D. José Carcomo Lobo, tradutor desta obra, e tradutor dela tão fiel e vernáculo, quanto o seu talento é modesto e retraído, e pelo seu esclarecido editor, o sr. Fidalgo, a delinear os principais traços biográficos de Miguel de Cervantes, vamos desempenharmo-nos deste encargo, resumindo os factos capitães desta vida tão acidentada.
Gomes Leal
Ilustradores do D. Quixote de La Mancha

Louis de Surugue
1686? - 1762
Gravador do século XVIII, estudou desenho e gravura em Paris com Bérnard Picart. Gravou desenhos a partir de obras de Rubens e de pintores franceses seus contemporâneos. Foi ele o autor das ilustrações para Aventures de Telemaque (1736).
A BN possui uma série de 25 gravuras de sua autoria sobre a temática de D. Quixote (publicadas em Paris entre 1723 e 1736), feitas a partir de cartões para tapeçaria, encomendados a Charles-Nicolas Coypel pela fábrica Gobelins, em 1716.

Ângelo Ramon Martí
17.. ? 18..
Taquígrafo espanhol, filho do gravador e também taquígrafo Francisco de Paula Martí (1762-1827), veio para Portugal em 1820, contratado pelas Cortes Constituintes por não haver pessoa habilitada para tal.
A primeira edição portuguesa ilustrada de Dom Quixote sai em 1853 e tem gravuras de Martí.

Gustave Doré
1832-1883
Um dos mais famosos ilustradores do século XIX, Gustave Doré nasceu em Estrasburgo em 1833 e morreu em Paris em 1883. Aos onze anos, publicou as primeiras litografias. Alcançou êxito como caricaturista, colaborando em jornais.
Ilustrou mais de 200 livros, de que se destacam os desenhos efectuados para o Inferno (da Divina comédia) de Dante (1861), o Dom Quixote de Cervantes (1863), o Paraíso perdido de Milton (1866) e as Fábulas de La Fontaine (1866). Paralelamente dedicou-se à pintura e, também um pouco, à escultura.

Manuel Macedo
1839-1915
Pintor, cenógrafo, escritor e sobretudo ilustrador, nasceu em 1 de Maio de 1839.
Foi Conservador do Museu de Belas Artes e professor de desenho no Instituto Industrial. Estudou com Tomás da Anunciação (1857-1858), depois viveu dois anos no Porto e mais tarde mudou-se para Coimbra. Finalmente, instalou-se em Lisboa onde, em 1878, fundou, com Caetano Alberto e Guilherme de Azevedo, a revista Occidente, de que foi director artístico.
Escreveu e ilustrou numerosas obras. Dentre estas, fez os desenhos (que Severini gravou) para a tradução de Dom Quixote, feita pelo visconde de Benalcanfor, cuja primeira edição saiu em 1877. Morreu em 1915.

Francisco Pastor
1850-1922
Nasceu em Alcoy (Espanha) em 1850. Foi discípulo, em Madrid, do gravador Severini, que também trabalhou em Portugal. Francisco Pastor estabeleceu-se em Portugal em 1873 com uma oficina de gravura. Trabalhou para o Diario Illustrado, foi director artístico do Correio da Europa e editou o Almanach Illustrado e a Semana Illustrada. Gravou ilustrações para livros, como as da tradução de D. Quichote da Mancha, D. José Carcomo.
Em 1921, foi ao Brasil em missão de propaganda do Correio da Europa, tendo falecido no Rio de Janeiro, em 1922.

Alfredo de Morais
1872 - 1971
Aguarelista e ilustrador, nasceu em Lisboa em 1872.
Trabalhou em litografia na Imprensa Nacional e foi professor na Sociedade Nacional de Belas Artes. Fez ilustrações para jornais - como Folha do Povo, Diário da Manhã, O Século, Diário de Notícias, O Mundo – e para numerosos livros, sendo disputadíssimo pelas editoras. De entre estas ilustrou uma tradução de D. José Carcomo de D. Quichote da Mancha e uma adaptação para jovens para a Biblioteca Ideal, ambas nos anos 20 do século XX. Morreu em Lisboa em 1972.

Salvador Dali
1904 - 1989
Salvador Dalí nasceu em Figueres (Catalunha), em1904 e morreu na mesma vila, em 1989.
Começou a desenhar e a pintar muito cedo e, em 1922, iniciou estudos de Belas Artes em Madrid. Nessa altura, hospedou-se na Residencia de Estudiantes, onde iniciou uma grande amizade com o poeta Federico Garcia Lorca e o cineasta Luis Buñuel, com quem levou a cabo numerosos projectos artísticos vanguardistas.
Mais tarde foi para Paris, onde se integrou no grupo de pintores e escritores surrealistas. São desta época obras como “El gran masturbador”, “El espectro del sex-appeal”, “El juego lúgubre” e “La persistencia de la memoria”.
Depois duma estada nos Estados Unidos e sendo já um dos pintores mais famosos do mundo, voltou à Europa em 1948. Foi nesse período em que permaneceu nos Estados Unidos que Dali ilustrou o Dom Quixote, para a edição de uma tradução publicada em Nova Iorque, em 1946. A Dom Quixote publicou recentemente uma tradução de Miguel Serras Pereira, que inclui os desenhos de Dalí.
A religião, a história e a ciência ocuparam, cada vez mais, a temática de parte de suas obras durante os anos 50 e 60, de que as mais conhecidas são “Cristo de San Juan de la Cruz”, “Galatea de las esferas”, “El descubrimiento de América por Cristóbal Colón” e “La última cena”.

Eduardo Teixeira Coelho
1919-2005
Nasceu em Angra do Heroísmo, em 1919. João P. Boléo afirma que ele é “um dos mais importantes, talentosos e apreciados autores de banda desenhada e o de maior prestígio e projecção internacional”.
Colaborou no Mosquito, desde 1942, na revista espanhola Chicos (1944-1953). Nos anos 50 do século passado deixou Portugal: trabalhou em Espanha e Inglaterra, em França publicou trabalhos na revista Vaillant ( a partir de 1955) e, mais tarde, fixou-se em Florença onde veio a falecer no dia 31 de Maio de 2005. ETC executou ilustrações para livros, algumas das quais para uma adaptação de D. Quixote para a Biblioteca dos Rapazes, da Portugália Ed., publicada cerca de 1953.

Júlio Pomar
1926
Nasceu em 1926, em Lisboa, e instalou-se em Paris em 1963. Actualmente vive e trabalha em Paris e Lisboa. Frequentou a Escola de Artes Decorativas António Arroio e as Escolas de Belas-Artes de Lisboa e Porto, tendo participado em 1942 numa primeira mostra de grupo, em Lisboa, e realizado a primeira exposição individual em 1947, no Porto.
Dedicou-se especialmente à pintura, mas o seu trabalho inclui também obras de desenho, gravura, escultura e «assemblage», ilustração, cerâmica, tapeçaria e cenografia para teatro. Realizou, igualmente, obras de decoração mural em azulejo para a Estação Alto dos Moinhos do Metropolitano de Lisboa, (1983-84), o Circo de Brasília (Gran’Circolar, 1987), a Estação Jardin Botanique do Metropolitano de Bruxelas (1992), o Tribunal da Moita («Justiça de Salomão», 1993) e a estação de combóios de Corroios (1998).
Participou na Bienal de São Paulo de 1953 e, igualmente, nas edições de 1975 e 1985. A Fundação Gulbenkian organizou em 1978 a primeira retrospectiva da sua obra, que foi exibida em Lisboa, Porto e Bruxelas. Em 1986, uma nova exposição retrospectiva foi apresentada pela Fundação Gulbenkian em museus de São Paulo, Rio de Janeiro e Brasília e também na sua sede, em Lisboa.
Outras mostras antológicas de âmbito temático tiveram lugar em 1990, com obras de temas brasileiros, em Rio de Janeiro, São Paulo e Lisboa; em 1991, com pinturas e desenhos sobre temas literários e retratos de escritores («Pomar et la Littérature»), em Charleroi, Bélgica; em 1997, com trabalhos sobre o tema de D. Quixote, em Cascais, e pinturas sobre os Índios do Brasil, em Biarritz, França. Outras antologias de pintura foram apresentadas, em 1999 e 2000, em Macau e Pequim; em 2001, em Aveiro (Pinturas Recentes) e, em 2003, em Istambul.
Publicou, em 2002, o volume de ensaios «Então e a Pintura?» e, em 2003, o poema «TRATAdoDITOeFeito». Expôs novas pinturas («Méridiennes - Mères Indiennes»), em 2004, na Galeria Patrice Trigano, em Paris, e o Sintra Museu de Arte Moderna – Colecção Berardo apresentou uma retrospectiva da sua obra organizada por Marcelin Pleynet sob o título «Autobiografia», onde foram expostas as primeiras peças de uma série de esculturas em bronze. Ainda em 2004, o CCB expôs uma antologia de obras recentes intitulada «Comédia Humana». Os dois primeiros volumes do catálogo «raisonné» da obra de pintura, escultura em ferro e assemblages foram publicados, em 2001 e 2004, pelas Éditions de la Difference, em Paris.

Lima de Feitas
1927 - 1998
Pintor, desenhador e escritor, Lima de Feitas nasceu em Setúbal, em 1927, tendo falecido em Lisboa, em 1998. Frequentou a Escola Superior de Belas Artes de Lisboa.
Ilustrou mais de uma centena de livros, de que destacamos Dom Quixote, na tradução de Aquilino Ribeiro. Estes desenhos foram recentemente publicados ilustrando a tradução de José Bento, editada pela Relógio d’Água.
É autor de inúmeras obras de arte, incluindo murais de azulejos, dos quais se destacam os 14 painéis destinados à estação ferroviária do Rossio, inspirados em Mitos e Lendas de Lisboa.
Expôs colectivamente desde 1946 e individualmente desde 1950. Escreveu prefácios e publicou diversos textos em catálogos de exposições e em publicações. Recebeu numerosos prémios.
Quinta-feira, Setembro 28, 2006
No dia da morte do poeta

Desenho de André Breton
Le Verbe Être
Je connais le désespoir dans ses grandes lignes. Le désespoir n'a pas d'ailes, il ne se tient pas nécessairement à une table desservie sur une terrasse, le soir, au bord de la mer. C'est le désespoir et ce n'est pas le retour d'une quantité de petits faits comme des graines qui quittent à la nuit tombante un sillon pour un autre. Ce n'est pas la mousse sur une pierre ou le verre à boire. C'est un bateau criblé de neige, si vous voulez, comme les oiseaux qui tombent et leur sang n'a pas la moindre épaisseur. Je connais le désespoir dans ses grandes lignes. Une forme très petite, délimitée par un bijou de cheveux. C'est le désespoir. Un collier de perles pour lequel on ne saurait trouver de fermoir et dont l'existence ne tient pas même à un fil, voilà le désespoir. Le reste, nous n'en parlons pas. Nous n'avons pas fini de deséspérer, si nous commençons. Moi je désespère de l'abat-jour vers quatre heures, je désespère de l'éventail vers minuit, je désespère de la cigarette des condamnés. Je connais le désespoir dans ses grandes lignes. Le désespoir n'a pas de coeur, la main reste toujours au désespoir hors d'haleine, au désespoir dont les glaces ne nous disent jamais s'il est mort. Je vis de ce désespoir qui m'enchante. J'aime cette mouche bleue qui vole dans le ciel à l'heure où les étoiles chantonnent. Je connais dans ses grandes lignes le désespoir aux longs étonnements grêles, le désespoir de la fierté, le désespoir de la colère. Je me lève chaque jour comme tout le monde et je détends les bras sur un papier à fleurs, je ne me souviens de rien, et c'est toujours avec désespoir que je découvre les beaux arbres déracinés de la nuit. L'air de la chambre est beau comme des baguettes de tambour. Il fait un temps de temps. Je connais le désespoir dans ses grandes lignes. C'est comme le vent du rideau qui me tend la perche. A-t-on idée d'un désespoir pareil! Au feu! Ah! ils vont encore venir... Et les annonces de journal, et les réclames lumineuses le long du canal. Tas de sable, espèce de tas de sable! Dans ses grandes lignes le désespoir n'a pas d'importance. C'est une corvée d'arbres qui va encore faire une forêt, c'est une corvée d'étoiles qui va encore faire un jour de moins, c'est une corvée de jours de moins qui va encore faire ma vie.
André Breton (1896 - 1966)

André Breton, escritor e poeta francês, nasceu em Tinchebray, Orne em 1896. Vive a aventura do surrealismo como uma experiência existencial. Em Valéry descobre o poder subversivo da inteligência pura. Cerca de 1920 adere ao grupo Dadá, mas logo de seguida se opõe a Tzara. Descobre o automatismo como meio de renovar a arte e lê com paixão Rimbaud e Lautréamont. Em 1924 lança o Manifesto do Surrealismo.
Animado por uma ardente vontade de acção, a sua rebeldia inata leva-o a posturas revolucionárias. Publica as revistas La Révolution Surrealiste e Le Surréalisme au Service de la Révolution. Mas o surrealismo não pode submeter-se de todo, e as suas relações com o Partido Comunista são sempre delicadas.
Paralelamente à sua acção política, Breton prossegue a sua investigação sobre o homem e o mundo. O encontro amoroso com Najda e a experiência vivida com esta jovem mulher inspiram-lhe a escrita de Nadja, que é a única obra verdadeiramente grande de Breton. Peça interessante e característica do surrealismo é também O Amor Louco. Após a Segunda Guerra Mundial, que passa nos Estados Unidos, regressa a França e dedica-se a prodigalizar censuras e ânimos aos seus jovens discípulos.
O mais valioso do seu incessante labor é que contribui para fazer do surrealismo o encontro do aspecto temporal do mundo com os valores eternos: o amor, a liberdade, a poesia. Breton morreu em Paris em 28 de Setembro de 1966.
Fonte
Segunda-feira, Setembro 18, 2006
Quarta-feira, Agosto 30, 2006
Jacques-Louis David (1748-1825)

Napoleon in his Study - 1812
Oil on canvas
80 1/4 x 49 1/8 inches (204 x 125 cm)
National Gallery of Art, Washington, DC, USA

Consecration of the Emperor Napoleon I and Coronation of the Empress Josephine - 1805/1807
Oil on canvas
247 5/8 x 385 3/8 inches (629 x 979 cm)
Musée du Louvre, Paris, France

Bonaparte, Calm on a Fiery Steed, Crossing the Alps - 1801
Oil on canvas
102 1/4 x 87 inches (260 x 221 cm)
Musée national du Château, Versailles

Napoleon at the St. Bernard Pass - 1801
Oil on canvas
96 3/4 x 90 7/8 inches (246 x 231 cm)
Kunsthistorisches Museum, Vienna, Austria

Portrait of General Bonaparte - 1797
Oil on canvas
31 7/8 x 25 1/2 inches (81 x 65 cm)
Musée du Louvre, Paris, France
Segunda-feira, Junho 26, 2006
Os quadros mais caros de sempre

O retrato de Adele Bloch-Bauer, pintado por Gustave Klimt, está no topo da lista dos 10 quadros mais caros da História. O magnata de cosméticos Ronald S. Lauder pagou 135 milhões de dólares (uns 107 milhões de euros).

Até agora, o mais caro era Muchacho con pipa, de Picasso. Por ele pagaram 104,1 milhões de dólares em 2004.

Dora Maar con gato, de Picasso, vendeu-se por 75 milhões de euros (95 milhões de dólares) em Abril passado.

Retrato do Doutor Gachet, de Vincent van Gogh, é o quarto mais caro. Custou 82,5 milhões de dólares em Maio de 1990.

Au Moulin de la Galette, de Renoir, está em quinto lugar: 78,1 milhões de dólares em Maio de 1990.

Em sexto lugar está Peter Paul Rubens, com o seu A Matança dos Inocentes, vendida em Julho de 2002 por 76,7 milhões de dólares.

Outra obra de Van Gogh na lista é Autoretrato sem barba. Ocupa o sétimo lugar no ranking; em Novembro de 1988 custou 71,5 milhões de dólares.

Paul Cézanne está na oitava posição com o seu Rideau, cruchon et compotier. Foram pagos pelo quadro 60,5 milhões de dólares em Maio de 1999.

Mujer con los brazos cruzados, de Picasso, é o nono quadro mais caro de sempre. Em Novembro de 2000 custou 55 milhões de dólares.

Os Lírios, de Van Gogh, encerra a lista dos dez mais caros. O seu preço foi de 53,9 milhões de dólares em Novembro de 1987. Até agora, a lista acabava com outro quadro de Picasso, Las bodas de Pirrette, que em 1989, tinha custado 53,2 milhões de dólares.
Sexta-feira, Junho 23, 2006
Encontro de periferias
O ponto de partida, para a realização desta exposição colectiva, deriva da mesma motivação que levou a Perve Galeria a iniciar a sua actividade em Novembro do ano 2000: Olhar o mundo com vistas descomprometidas de ligações a estereótipos forjados em alma-mater, significantes cambiais, dísticos clubísticos ou idiossincráticas relações de género, crença ou afectos pessoais. Fundamentalmente captar, na diversidade das culturas que conhecemos, o que de mais periférico, no sentido de raramente mostrado, este possuísse de entre as suas manifestações artísticas contemporâneas, tendo como noção que, para tal, seria necessário consumir tempo, energias, fogo material e água emocional para percorrer os territórios onde esse outro, de quem se conhece o mínimo, se movimenta. Isto sem compromisso estabelecido à priori: todo o esforço poderia ser compensado com nada e, nalguns casos, fora a experiência pessoal e criativa que qualquer encontro traz por inerência da sua novidade, chega-se de mãos abanando.
Assim foi, desde o começo da Perve Galeria, com a exposição “Olhos do mundo” tendo já por força motriz essa vontade de trazer da periferia, do momentaneamente conhecido à entrada de um centralismo difuso e incapaz de se renovar, um novo sopro de vida. Vida artística, criativa, sensorial e respirável. Vida, simplesmente. E foi assim que essa exposição incorporou, a par com autores Portugueses sobejamente conhecidos no nosso pequeno contexto local, autores da África Moçambicana. Isto numa altura em que poucos se interessavam sobre o assunto. À medida que o nosso trabalho foi crescendo, ajudados pelos poucos que iam também fazendo o seu trabalho florescer, esses autores foram ganhando visibilidade, sendo integrados em algumas das raras colecções respeitáveis que existem por cá e o nosso trabalho foi-se estendendo a outras latitudes. Ao Brasil, Angola, Cabo-Verde, etc, etc. Mas faltava-nos sair do ciclo luso-falante e fomos viajando pelas terras inóspitas de uma Europa que tem muito mais terra do que a que se uniu em torno de Bruxelas. Tentar perceber, no local, o que nos possa unir a esses povos. Também ver o que nos afasta. Mas, sobre tudo isso, tentar realmente conhecer o desconhecido, o periférico, o para lá deste sítio que achamos nosso (centro). E fomos várias vezes confrontados com o intangível: faltar-nos-à haver vivido aquelas histórias para compreendermos a verdadeira dimensão da sua arte. Mas há o tangível e, dentro deste, o que permite olhares cúmplices, que se deixa relacionar e nos seduz, se afirma na diferença mas comunica numa língua já perceptível. Sobretudo aquilo que nos revela novidade mas, simultaneamente, transcende a sua escala narrativa local para se posicionar muito além disso, tornando-se universal.
É assim que, naturalmente, dessas várias e repetidas incursões a cerca de dezena e meia de países do centro e do leste Europeu, chegámos a esta exposição onde o trabalho plástico de três autores de uma periferia (de leste) se encontram com três autores de uma outra periferia (sul-americana e latina), já abordada em exposições anteriormente realizadas, que, por isso mesmo, se reveste de fundamentos equivalentes e importa relacionar, perspectivando uma conclusão possível: a de que a criação artística, se universal na sua linguagem, criatividade e narração, é um recurso de inesgotável capacidade transformadora da sociedade, apontado caminhos renovados, amplificando o que de melhor o ser humano pode edificar, dando-nos, por fim, essa possibilidade, única de transcendência, de relacionamento pacífico e pleno com o outro que, em lugar de nos ameaçar com a sua diferença, nos completa. É esse o sentido deste “Encontro de periferias” e fazemos votos de que o vosso olhar possa completar o elo que falta nesta cadeia libertária, feita de diálogos, história e vida, que esta exposição colectiva congrega.
Carlos Cabral Nunes Direcção Artística Maio 2006


ALBERTO CEDRÓN - ARGENTINA
Nasceu em Buenos Aires, Argentina, em 1937. Realizou mais de uma centena de exposições individuais e colectivas desde 1959 em países tais como Argentina, Brasil, Chile, França, Itália e Portugal, entre outros. Tem realizado, desde os anos 60, trabalhos de ilustração, murais, painéis de azulejo, desenho de móveis, numa multiplicidade de técnicas, onde se incluem o desenho, a pintura, a gravura, a escultura e a cerâmica, entre outras. As suas obras foram adquiridas por Museus Nacionais e Estrangeiros e por coleccionadores privados em todos os países por onde expôs, destacando-se, em Portugal, as muitas obras adquiridas para a Colecção Berardo. Viveu e trabalhou, entre os anos 90 e 2003, em Portugal. Foi distinguido com mais de uma dezena de prémios e condecorações na Argentina, Portugal, Venezuela e Itália.


CABRAL NUNES - PORTUGAL
Nasceu a 9 de Janeiro de 1971. Foi aluno na Academia Artística de Remscheid, Alemanha, em 1989. Amigo e admirador da obra de Artur Bual e de Mário Cesariny, a eles deve o incentivo para expor, a partir de 1997, o trabalho plástico que desenvolve desde a infância “sobretudo para fins de sanidade mental pessoal”. Em 1997, realiza um manifesto sobre conceito de Arte Global, que deu origem, no mesmo ano, à criação do Colectivo Multimédia Perve, de que é membro fundador e coordenador artístico. Exerce funções de comissário e curador em exposições de arte contemporânea realizadas pela Perve Galeria, desde 1999. Premiado diversas vezes, com trabalhos multimédia e instalações interactivas, em Portugal e no estrangeiro.


LUD - PORTUGAL (1948-2001)
Lud (pseudónimo de Ludgero Viegas Pinto) nasceu a 3 de Junho de 1948, no bairro de Alfama, em Lisboa, tendo falecido em 2001.
Cursou pintura na escola António Arroio, transitando para a secção preparatória para admissão a Belas-Artes. Tem especialização em Arquitectura de Interiores, Artes Gráficas, Cerâmica, Ilustração e Técnicas de Gravura Manual.
Colaborou como ilustrador em vários jornais e revistas, nomeadamente: Diário de Lisboa, Diário de Notícias, Jornal do Fundão, Rabeca (de Portalegre), República, Sema e & etc.
Ilustrou páginas de livros e compôs capas dos seguintes autores: Pedro Oom, Baptista-Bastos, Miguel Barbosa, Virgílio Martinho, Manuel da Fonseca, Paulo da Costa Domingos, José Martins, Joaquim Luís Alves, Adriano de Carvalho, Adelino Tavares da Silva, Mário Henrique Leiria, Nicolau Saião, José Manuel Capelo, Pablo Neruda, Artur Couto e Santos, entre outros. Realizou exposições individuais, tais como: na Galeria Diário de Notícias, Lisboa (1968); na Galeria Panorama, Alfragide (1972); na Galeria Libris, Lisboa (1982); “Padrão dos Descobrimentos” /Homenagem a Vieira da Silva, C.M.L., Lisboa (1992); entre outras. Tal como, exposições colectivas: Representação no Salão de Março, da Sociedade Nacional de Belas Artes, em Lisboa (1974); Exposição com Moita Macedo na Galeria Libris, Lisboa (1976); no Salão Cultural da Câmara Municipal de Aveiro, Aveiro (1986); entre outras.


VALENTIM POPOV - BULGÁRIA
Nasceu em Sofia, na Bulgária, a 23 de Dezembro. Licenciou-se em Belas-Artes na Academia de Artes em Sofia em 1973. Mudou-se para Praga, na República Checa, em 1975. Participou na Bienal Internacional de Ilustração em Brno e Bratislava (Checoslováquia) em 1976, 1978 e 1984. Teve mais de trinta exposições individuais, como também participou em várias exposições colectivas, todas na República Checa e arredores. A sua arte criativa engloba pinturas e desenhos, tal como design de publicidade. O seu trabalho encontra-se em galerias e museus da República Checa e Bulgária e em colecções privadas na República Checa (incluindo a colecção do actual presidente checo Václav Klaus), Bulgária, Espanha, Suiça, Alemanha, Itália, França, Austrália e Estados Unidos da América.


PEDRO WREDE - BRASIL
Nasceu no Rio de Janeiro, Brasil, em 1952. Pertencente a uma família de diplomatas, viveu muitos anos no exterior e, consequentemente, sua aprendizagem artística ocorreu de forma diversificada. Foi iniciado na pintura no Panamá, pelo artista local Sinclair, mas sua obra foi profundamente influenciada pelos 12 anos em que viveu no Uruguai. Nos últimos três anos, suas obras foram exibidas nos Estados Unidos, no Latin American Art Museum e no Serious Studios, ambos localizados em Miami, e na Bélgica na LineART em Gent. Em 2004, Pedro Wrede participou em exposições na Áustria na AAI Galerie de Viena e na mostra “Mestres da Imaginação”, na Agora Gallery de Nova Iorque, e em Art Copenhagen na Dinamarca, e em 2005 na exposição “A Reunião” na Galeria Tina Zappoli de Porto Alegre.


SERHIY REZNICHENKO - UCRÂNIA
Nasceu em Cherkasy, Ucrânia, a 30 de Outubro de 1968. Licenciou-se em Belas-Artes na Faculdade de Arte, Universidade V.I. Mukhina em S.Petersburgo, Rússia. Está representado nas colecções da Galeria do Retrato de Lviv, no Museu Nacional em Lviv assim como em diversas colecções particulares no estrangeiro. Realizou, desde 1988, perto de duas dezenas de exposições colectivas em países tais como: Chipre, Dinamarca, EUA, Jordânia, Polónia, República Checa, Roménia, Rússia, evidentemente, Ucrânia. É membro da Sociedade Nacional Ucraniana dos Artistas. Começou a expôr em Portugal, na Perve Galeria, desde Junho de 2005 e integrou exposições colectivas na Feira de Arte e Antiguidades, Convento do Beato, Lisboa, 2005; Arte Lisboa – Feira de arte Contemporânea, Fil, Lisboa, 2005; Feira de Arte e Antiguidades, Antiga FIL, Lisboa, 2005. Paricipou na exposição colectiva "5º aniversário da Perve Galeria", 2005.


VOICU SATMAREAN - ROMÉNIA
Nasceu em Arad, na Roménia, a 17 de Janeiro de 1983. Em 2005 graduou-se no Instituto de Belas Artes, em Timisoara na Roménia. Realizou várias exposições colectivas, entre as quais em Bienais e Trienais Internacionais e em Simpósios, tais como: concurso “Picture of women, women from picture” no Centro Cultural Francês Timisoara na Roménia (2003); Kissgrafika Small Graphic Forms, Budapeste, Hungria (2004); Bienal Internacional Glac 2005, em Carlton, na Austrália (2005); entre outros. Realizou, também, uma exposição individual na Bistrita Nasaud, no Museu de Belas Artes, e na Tempart Gallery, Roménia (2004). Ganhou vários prémios, entre os quais o Prémio Nacional de Debut 2004, no Museu de Arte Bistrita Nasaud, Roménia; entre outros.
Sexta-feira, Maio 26, 2006
Bob Dylan - Fotobiografia


Casa natal, em Duluth, Minessota.

Robert Allen Zimmerman em 1955.

Dylan, en 1963.

Nos anos de luta pelo direitos civis, Dylan implicou-se na denúncia das desigualdades sociais e raciais. Em 1963 tocou em fazendas rurais do sul dos EUA.

Chesterfield, vinho e café. Escrevendo à máquina na sua casa de Woodstock, no estado de Nova Iorque, 1964

1964, no Newport Folk Festival, com o cantor Ben Chandler (à esquerda). Dylan já era uma estrela e foi o cabeça de cartaz no festival, o mais importante de música folk dos Estados Unidos.

Outubro de 1964, Nova Iorque. Joan Baez, com quem Dylan manteve uma longa e intensa relação sentimental, levanta o cantor do solo.

En 1964 Dylan iniciou os Beatles nas drogas (estes já consumiam anfetaminas), ao apresentar-se num quarto de hotel com uma bolsa com marijuana. Nessa época abandona o acústico e adopta o som eléctrico.

1966, Sheffield, Reino Unido. Dylan fazia uma polémica apresentação com guiterra eléctrica, durante a qual foi apupado pelo público, que não lhe perdoava o ter abandonado a música folk. Nesta época consumia ópio e bencedrina.

"Everybody must get stoned", dizia uma das canções de Dylan de 1966, na sua época mais decía una de las canciones de Dylan de 1966, en su época más lisérgica.

Dylan com a Triumph Tiger 100 com a qual, em 1966, quasi se mata num acidente. Depois do sinistro, retirou-se para o campo, deixou as drogas e dedicou-se ao country.

Com Jesse, um dos seus filhos, em 1968.

Tocando para o Papa João Paulo II em 1999. Foi muito criticado, porém um ano antes tinha cantado 'Masters of war' (Senhores da guerra), um apelo antibélico, na Academia Militar de West Point.

Dylan no ano 2000.
Aqulino Ribeiro

«Artur Bual retratou Aquilino Ribeiro, em tudo o que ele representou de fidelidade às origens e coerência»
in "Aquilino Ribeiro, O Quinteto da Beira" de António Valdemar
A PELE DO BOMBO
Anos e anos a carretar leite, vila vai, vila vem, aborridos seus olhos de andar a rastos pela invariável fita do caminho, o cavalo do Cleto arriou. Era lento e preso da marcha, como se o arcabouço deprimido empreendesse fundir-se no repouso aliciador da terra. Tinham-lhe nascido alifates nos tendões e nas jogas, e com a gangrena das suas mataduras embebedavam-se as moscas de dez aldeias. À sobreposse, lá continuava a fazer a romaria cotidiana, saindo da loja com o cantar matutino dos galos, para volver quando os bois remoíam nos estábulos a erva dos pastos. Descansava então umas horas num sono quebrantado de pesadelos, em que havia guerras de cavalos e precipícios a atravessar com cargas descomunais.
Os próprios jericos maviosos eram mais lestos do que ele. E, de vê-lo assim ronceiro, o dono não parava de o espertar com a chibata ou tirar-lhe pela cadenilha bramando:
– Arre! Não deixarás as rezas para a loja, excomungado!?
Uma manhã, afinal, que os cântaros cheios pediam besta de fôlego, deu com a carga no chão. O Cleto, ao ver o leite vertido, saltou nele às arrochadas. Bateu, bateu até lhe doer o braço e lascar o pau. Mas o cavalo, por mais esforços que fizesse, soltando roncos e escabujando, não conseguiu firmar-se nos curvilhões. Puxou-o o Cleto pela cabeçada, pelo rabo, pelas orelhas: ele fincou os cascos, lavrou mais de uma vez o solo, e desfalecido, inerte, abateu para o lado, a dentuça em arreganho a filtrar uma baba sanguinolenta.
Patinhando na terra empapaçada de leite, decidiu- -se o Cleto a desaparelhá-lo. Ao barulho das latas, os pastores assomaram pelos barrocais, e gritou-lhes:
– Botai aqui a mão, rapazes!
Acudiram daqui, dalém, com a gaita no surrão e a cacheira no ar; e uns pela rabadilha, outros pela samarra, puseram o cavalo em pé. O Cleto animou-o, e reajustando o aparelho e tampando os potes, tangeu-o com brando jeito:
– Anda lá ... anda, alminha do Senhor!
Entesando-se, todas as energias crispadas no arranco, começou o cavalo a andar. Mas o seu passo era titubeante, aos torcilhões, tem-te-não-caias.
– Vai a ensaiar o sarambeque – disse um pastor.
– Não bota à vila! – sentenciou outro em tom de reprimenda ao gracioso.
O Cleto engalfinhou-lhe os dedos pelas clinas a ampará-lo. Mas breve as pernas lhe fraquejaram, sacudidas de tremor, e ajoelhando com brusquidão desabou para a banda, desamparado, como se o estatelasse um raio.
O Cleto sovou-o a pontapés, arrepelando-se e chamando-se um desinfeliz da sorte.
– Vá por besta, tio Cleto! – aconselhou um dos rapazes.
Tentou ainda pô-lo em pé, ora à força de catanada, ou com vozes de incitamento. Mas o animal nem buliu, de olhos esgazeados, perdidos num horizonte de bruma.
O Cleto deu-lhe um último trompaço na morca e, a praguejar, tirou-lhe a carga. E tornou esbaforido à aldeia em cata duma jumenta, deixando-o rodeado de cães que, língua desembainhada, lambiam o leite do chão.
Quando reapareceu com a azêmola, o cavalo estava sobre os joelhos, e mansamente roía os tojos do caminho. E, movido por um sentimento, não saberia dizer se de utilidade, se de dó, enxotou-o na direcção do povo à pedrada.
Trôpego e triste, espontando as urzes e os fetos novos, encaminhou-se o garrano para o estábulo, e essa noite dormiu-a a sono solto.
Manhã cedo, veio o Cleto e, sem dizer bus, tirou a albarda e potes do leite para a rua. De soslaio, o cavalo seguia-lhe a manobra, à espera dos pontapés, que eram, de costume, o leva-arriba. Mas, desta feita, o dono entrou e saiu sem lhe tocar.
Afeito à volubilidade dos homens, não lhe causou o facto estranheza. Sabia que era fado seu marchar, e amenidades da ilusão desaconselhava-lhas o velho instinto de malhadiço. E voluptuosamente foi-se deixando na cama, que nunca ela era tão doce como de manhãzinha, entre o sossego da noite a extinguir-se e horas ásperas de caminho a tropicar.
Estava nesta grata lasseira, ouviu lá fora um zurro.Ouviu-se retumbar uma, duas vezes, perfeitamente zurro jactancioso e optimista de jumento estupidarrão e bem tratado. E, depois duns segundos de casuística, vencido mais que tudo pela curiosidade, ergueu-se e foi espreitar. O Cleto aparelhava o asno que de véspera o revezara na jornada para a vila, enquanto Joana lhe ia chegando à boca, meiguiceiramente, uma a uma, molhadinhas de trevo.
– Grande paparreta! – considerou para consigo, roído de inveja ante o glutão, de olhinho gozoso, semicerrado, a retraçar o que lhe davam. Mas aquilo era um autêntico esbulho! Aquele trevo pertencia-lhe, pois não pertencia!? E, saindo fora resolutamente, pregou uma dentada na burra, e apresentou o focinho à mão liberal de Joana. Mas o Cleto descarregou-lhe de mão aberta duas cutiladas nas orelhas, e ele voltou para a loja triste e odiando.
Moinou à solta todo o santo dia, tosando as febras e giestas dos cômoros, no meio das boieirinhas que andavam ao cibato e não tinham medo dele. E à boca da noite recolheu à cavalariça contente e meio farto.
Uma vez ainda experimentou o Cleto deitar-lhe a cilha; metade por manha, metade por fraqueza, deitou-se ao chão, e nem a poder de castigo ou de afagos se convenceu a seguir jornada. O dono dali em diante passou a largá-lo todas as manhãs à gandaia, e ele, ainda que sob o despeito de tamanho desprezo, sentia-se conformado com a macaca. Livremente ia pastar pelos caminhos e ribanceiras das fontes, mas limitava-se a rondar em volta do povo, que lhe não consentiam os esparavões deitar mais longe. E ao bater das avemarias era certo na loja, folgado, regalado daservinhas e incensos de Nosso Senhor, menos dorida a pele sobre os ossos.
Uma tarde, os garotos correram-no à lapada e teve de dar uma carreira, botar além dos seus domínios, o que era uma violência para as suas pernas zambras e combalidas. Quando voltou ao povo, já as vacas badalejavam à manjedoira. A loja estava fechada e não se descobria vivalma. Depois de descrever umas voltas ao acaso, cismar no meio da rua, volveu à porta da estrebaria e ali quedou muito tempo, cabeça baixa, à espera. Afinal, como ninguém se mostrasse, soltou um relincho, primeiro, rápido e suplicante, a advertir, depois, espaçado e de queixa; por último, um nitrido prolongado e aflitivo que fez chorar na cocheira próxima a égua velha do Senhor Reitor.
Relinchou, relinchou e, como não lhe valessem, cheio de angústia e de raiva, desatou a escarvar a terra. Ninguém veio. Com a mão esgadanhou à porta, trabucou. Debalde. Já o seu próprio desespero desfalecia quando se apercebeu duns vultos que avançavam. Pelo andar e a estatura reconheceu, de salto, o filho do Cleto e, enristando as orelhas, em voz baixa e agradecida orneou. Mas o velhaco jogou-lhe um pau à cabeça, e foi dormir ao relento, longe dali, transido de pavor e desgostoso com os homens.
No dia seguinte, ao sol-pôr, avistou o dono que regressava da vila, escarrapanchado entre os potes e governava a asna pelo cabresto. E saiu-lhe ao encontro, ralado de queixas e de saudades que ele podia ler no desafogo que trasbordava dos seus olhos húmidos. O Cleto deitou-se abaixo, porventura com receio de algum desatino. E muito cordial coçou-o e bateu-lhepalmadinhas nas ancas, ao passo que murmurava palavras que não compreendia mas eram mais dolentes que o crepúsculo da tarde nas estradas desertas por longes terras. E, reconciliado com o leiteiro, foi até o desenfado de o choutar atrás da burrinha para casa. Nessa noite dormiu como um justo, satisfeito consigo e com o mundo.
Os tempos foram passando e, porta franca, sangue mais leve, pelagem a rebentar com o Estio, o lázaro começou a rejuvenescer na vida de vagabundo.
* * *
Com besta de empréstimo, o Cleto chegava uns dias com o leite azedo, outros tarde e às más horas.
Acabou por não haver alma que lhe dispensasse um sendeiro e o leite coalhou nas panelas. Na manhã seguinte, ainda havia estrelas, bateu-lhe à porta um sujeito, com horsa possante pela rédea, a pedir o rol.
Da soleira, estremunhado, o Cleto respingou:
– Que está para aí a alanzoar, homem?
– Já lhe disse: está despedido da fábrica. Passe para cá o rol...
O Cleto protestou; ia comprar o macho do defunto Isidro e o serviço ficava regularizado duma vez para sempre.
O outro não lhe deu ouvidos e partiu sem a relação a levantar o leite. Chegado ao largo da fonte, puxou do chifre e três vezes buzinou. As mulheres acudiram com as vasilhas à cabeça; e como o Cleto lhes fizera perder um dia, tinha fama de trapaceiro e era um farroupilha, os potes partiram para a vila atestados.
O Cleto, entrementes, deitou-se a falar com o dono da fábrica, o Sr. José da Loba, homenzinho gordanchudo e tatibitate, mas rico e de muita influência eleitoral. Sua senhoria mandou dizer que a resolução era inabalável e deu-lhe umas calças velhas e uma espórtula em dinheiro.
Quando o Cleto contou os mal-empregados passos, Joana disse:
– Amanhã vou lá eu.
Arreou-se muito: saia de baeta justa na anca, chambre que era um jardim, chinelinha de verniz no pé, e limpa e escarolada foi.
– O Sr. José da Loba não está – responderam-lhe.
Esbracejando, forçou as portas até chegar ao senhoraço:
– Então a que vens, Joana ?
– Ainda mo pergunta? Quero o meu marido nos leites, ouviu?
– Mas como, rapariga, se ele não tem besta, traz tudo ao deus-dará? Os fornecedores desertam, estás a ver, descoroçoados os melhores. Raro o dia em que o leite não venha escasso ou se não estrague parte, umas vezes porque chega tarde, outras, eu sei, porque os produtores perderam o respeito e fazem tibornada. Não, assim não pode continuar!
– Já lhe disse. Se quer o serviço bem feito, empreste-lhe dinheiro para comprar uma cavalgadura. Não faz favor nenhum.
– Ora, tu és tola, por mais que me digam!... Mas ouve, mesmo que eu cedesse... ninguém mais lhe quer dar o leite...
– Cantigas! O que eles são é uma corja de invejosos. Empreste-lhe você dinheiro e verá.
– Não, já te disse que não, mulher! Escusas de te matar!
– Sim? Não o fará, mas diabos me levem se em voz alta não for dizer à Senhora D. Zezinha, a todo o mundo, que você é meu amigo.
Agarrando-a pelo braço, empurrou-a tranquilamente para a porta:
– Quem te pega? Vai, mulher, vai!
Soltou-se o pranto nos olhos de Joana:
– Quando me cometeu eram sete falinhas doces...
Em voz terna, acariciado da voluptuosidade das lágrimas, retorquiu:
– Olha, Joana, eu nunca deixarei de te socorrer; mas lá quanto a readmitir o teu homem, tó ruça! Tenho perdido um dinheirão por causa dele; nem tu imaginas!
O sangue tingia as faces de Joana, apagando-lhes as rugas de sete ninhadas de filhos. Além de que os seus olhos muito pretos eram sempre bonitos, com o choro veio-lhe uma expressão nova, quase de donzela, que esbraseou o Loba. Passando-lhe o braço em torno do pescoço, bichanou ao ouvido:
– Ouve, Joana, eu cá serei sempre o mesmo para ti. Mas é preciso que me correspondas… Tu serás sempre a mesma para mim?... Dize… O teu homem que vá dar o dia; tem bom corpo, trabalhe.
Em voz encatarroada, gemeu:
– Vamos morrer de fome.
– Doida... doidona... se soubesses o bem que te quero, não dizias disparates!
E, encostando a cabeça à dela, beijocou-a, deixou-lhe pela nuca, pelas têmporas, uma baba fátua de caracol:
– Joaninha, tu agora vais a casa da Borralha... hem?
Já lá vou ter.
– Não, hoje não.
– Hoje, sim!
– E admite o meu homem?
– Vai, lá falaremos!
Joana não perdeu cinco minutos à espera em casa da alcoveta. O Loba chegou a soprar, olhinhos a arder, como sempre que ela descia da Serra, fresca, a cheirar à erva das altitudes, carnes enxutas, apetitosa do seu ventre de vaca lasciva.
Já tarde, o homem importante, limpando o suor, desdobrava uma nota de cinco mil réis no oleado do toalete. E à pressa, enjoado, despedia-se:
– Aqui tens; vai com Deus. Dize ao Anacleto que não o esqueço, mas lá quanto a voltar ao leite escusa de insistir. Adeuzinho!
Em cima do catre, Joana empurrava para dentro do colete de cordões os odres lassos dos seios. Logo que o Loba saiu, precipitou-se sobre o dinheiro e escondeu-o entre o couro e a camisa, contente de poder comprar a sua fornada de pão e talvez uma saia nova de chita.
Quando chegou à Serra, os gados em procissão entravam no povo. De alma simples e bonacheirona, o Cleto não se admirou ao dar-lhe a mulher conta do recado. Nem mesmo tomou o peso da liberalidade do ricaço, habituado a elas, e de moral amolecida. Quanto
à despedida irrevogável, da fábrica, encolheu os ombros:
– Pois que dizia eu?!
* * *
Naquela manhã não lhe abriram a porta. Como tivesse fome, depois de relinchar, relinchar até lhe doer a goela, pôs-se a catar no estrume as paveias e a farfalha dos sargaços. O Cleto trabucava lá fora, e, sentindo-lhe o manejo, idas e vindas, estava indignado e cheio de ferocidade.
À tardinha, apareceu finalmente a meter-lhe a cabeçada, e muito submisso, pelo rabeiro, deixou-se conduzir atrás. Na rua, Joana deu-lhe uma côdea de pão e, a passo vagaroso, tomaram os três o caminho do outeiro, onde cresciam escarapetos e outras plantas bravias, e as pegas, pela tarde, se enxergavam em sua saraivada farândola. Havia lá cisternas de minas abandonadas, corcovas do desmonte por entre o urgueiral e, porque sempre se temera de lugares solitários, em sua estranheza perguntava:
– Que diabo vamos fazer para aqui?
Joana caminhava ao lado de Cleto, de mão a apanhar a saia, para que não roçasse a lama.
E ele lambeu-lha, balda velha que ganhara ao distingui-la da manápula bruta do Cleto. Desta feita a mão terna e blandiciosa, apenas trémula como nunca, acariciou-lhe a estrela corrida que muito admirava em si quando se dessedentava nos poceiros. E afagos assim morosos e tristes mais o fizeram desconfiar.
A chuva lavara o céu e nele os perfumes das giestas e da vela-luz pareciam andar boiando, não mais voláteis que nimbos brancos, matinais, à flor dum rio. E, trespassado da sensibilidade dos aromas, aspirou e arfou regaladamente, como nos atalhos quietos,
quando as maias despejavam sobre ele cestadas de incenso.
Mas ao passo que ia atrás dos amos, inebriado, sorvendo o ar, ruminava a sua filosofia suspicaz de vagabundo.
Ao chegar a meio do cabeço, uma poldra passou a correr, veloz, narinas cheias de escuma e clinas ao vento. Corria como um raio, mal tocando a terra e roçando as urzes. E, na peugada, galopava o cavalo branco do moleiro, ridículo, com a carga na barriga, fumegando e arrifando. Homens, de cabeça ao léu e aos gritos corriam-lhes no encalço.
Naquele episódio fugitivo evocou o garrano a sua mocidade longínqua. E, apercebendo-se do desejo impetuoso dos cavalos e da arisca e arrebatada luxúria das éguas, num relincho disse ao grotesco e heróico potro do moleiro:
– Aí, aí, seu valente, a poldra está mortinha!
E, em voz rápida, o outro respondeu:
– Lá vamos, amigo, lá vamos!
Chegou ao cimo do teso, pensativo e melancólico. Contra uma laja o filho do Cleto amolava um facalhão. E o garrano, que estava ressentido com ele, arreganhou os dentes, ameaçador. O rapaz, com um safanão que se perdeu no ar, sacudiu-o.
O Cleto prendeu-o a um carvalhiço, depois do que lhe vendou os olhos com o lenço. E outra vez fez o seu reparo:
– Mas que endróminas são estas?!
De repente sentiu um beliscão desagradável no pescoço e uma queimadura, estreita como chicotada, que lhe apanhava a garupa de lés a lés e se perdia por debaixo da pele. E pouco a pouco começou a achar-se leve, leve como se um pé de vento fosse capaz de o rebalsar pelo espaço num galão vertiginoso. Ao mesmo tempo, por detrás do farrapo vermelho, os seus olhos pareciam ver com diversa claridade. Ali, lá em cima a poldra e o cavalo mordiam-se num abraço rabioso. Também fora pimpão e chibante e a dentada com que ferrava as éguas pelo cachaço tão raivosa era de cio que elas abanavam como um canavial. Desabava sobre elas com a rapidez do nebri, e recordou-se ... Uma vez rebentara a retranca para saltar na égua aluada dum passageiro que o provocava da argola da taberna com gemidos langorosos. Outra vez fugira para a serra mais a potra do mestre-ferrador e, com meio mundo atrás: – aqui vai o rasto! rincharam além! arreta! aqueibá! – quando os pilharam, ela, e ele, saciados, ripavam placidamente
a ervinha duma fonte.
Na cernelha a torrente tépida lembrava um afago da mão de Joana, que nunca lhe fizera mal. E sentia-se bem, inundado dum gozo desconhecido, quando lhe faleceram as forças e baqueou. Uma vez em terra, através da venda ofereceu-se-lhe um horizonte imprevisto, mais diáfano e arroxeado que certas púrpuras do poente para os lados do mar. Tinha vontade de dormir. Oh, como o chão era macio! Qualquer coisa parecido com asa ou o primeiro arrebol do dia roçava-lhe a pelagem, suave, suavemente.
Joana ergueu-lhe o lenço dos olhos e por hábito novamente beijou a mão cujas meiguices vinham temperadas de tristeza. O ar, diante dele, era menos que um sopro que não basta para encher os bofes uma vez. Ao longe, para lá dos montes, avistou um
corpo afogueado que descia. E vagamente interrogou-se:
– Será o Sol?
Depois, lembrado da poldra e do garanhão que galopavam para as núpcias ferozes, considerou:
– É o amor dos cavalos.
No horizonte, a grande rosa caiu arrastando o ar todo. E às escuras se engolfou no escuro nada.
* * *
O Cleto puxou-lhe por uma perna e logo a seguir pespegou-lhe um pontapé no bandulho a título piedoso de sondagem. À Joana que chorincava disse:
– Chorar mas é por uma alma cristã, mulher!
Andava a cair de podre.
– Coitadinho, era um borrego de mansidade.
Fartou-se de andar connosco às cavaleiras e de nos ajudar a ganhar o pão!
O José Cleto meteu-lhe a faca ao tendão. E ela foi pensando nos bons tempos, que não tornam mais, quando, moça e bonita, requestada dos fidalgos, aparecia na vila montada para uma banda no seladoiro nédio do cavalo.
– Já nem os ciganos lhe pegavam, estava a dar o cadilho – proferiu o Cleto enquanto lhe esticava o pernil para o Zé esfolar. – Se o deitamos à margem passava o seu mau quarto de hora com os lobos. Tenho coração, foi melhor assim, De resto, a pele sempre rende uns patacos vendida aos samarreiros ...
– Já lhe disse! – obtemperou o filho. – A pele é para o bombo.
– Qual bombo ou qual diabo?!...
– Sim, senhor, para o bombo! De cabra rebentam com duas maçanetadas e este ano a rusga vai à Lapa e queremos-lhe zurrar.
Ao ver o ventre imundo do cavalo, esfaqueado por mão inexperiente, Joana foi-se dali cheia de nojo e anuviada.































